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II Concurso de relatos: Relatos

10 años 1 mes antes #39923 por Hiro
Aquí sólo escribiremos los relatos, y procurad de leeros antes las normas.
Cualquier post que no sea un relato será borrado de inmediato sea de quien sea.

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10 años 1 mes antes #40287 por Hiro
El valor del cobarde

Valor, eso era lo que le faltaba.
Su anciano padre se lo recordaba todo los días.

Eres un cobarde, un mísero y patético cobarde; todavía recordaba las palabras que Dragnar tenía que oír de su padre, y de fondo las risas de los demás niños, niños que se reían de él, le pegaban y le humillaban.

Esos niños serán algo en la vida, tu mientras lloras y ni les plantas cara, patético cobarde, escupo en ti ya que nunca serás considerado un verdadero elfo de nuestra raza y eso hace que mi alma arda ya que por desgracia eres mi hijo…

Todos los días las mismas palabras, todos los días los mismos golpes de su padre, todos los días el mismo miedo a salir a la calle…

Él no tenía la misma fuerza que lo demás niños de su edad, ni era tan alto como ellos y como su padre decía era un cobarde. A él le gustaba trepar por las murallas, robar a las arpías de sus vecinas, meterse en sus casas y quitarles pequeñas joyas, eso le encantaba, le hacía sentirse más poderoso que cualquiera de los otros niños que solo se dedicaban a jugar con las espadas y a imitar que cortaban cabezas Asur en grandes batallas campales.

Su padre, un antiguo corsario, se lamentaba de él, le odiaba porque Dragnar no pegaba a los esclavos ni escupía sobre las cabezas de los prisioneros. Eso le hacía encolerizarse y eran frecuentes las palizas. Por suerte o desgracia, Dragnar no conoció a su madre, muerta al darle luz, cosa que su padre tampoco podía perdonarle; ¡TU MADRE VALÍA UNAS MIL VECES TÚ!, le gritaba.

Valor, valor, valor, ¿Qué era el valor para su padre? ¿Morir en un campo de batalla?, ¿Pegar a un esclavo indefenso que en otras circunstancias podría con cualquier druchii?

Para Dragnar aquello no era valor, para Dragnar no existía el valor, si no el miedo, los guerreros no se movían por el valor, no mataban por valor, si no por miedo a que los mataran a ellos. Un campo de batalla no era otra cosa que un escenario dónde patéticos seres llenos de temor se mataban unos a otros, por suerte Dragnar había dejado de tener miedo.

¿Cómo tener miedo de aquellos que no te pueden ver? ¿Cómo tener miedo de aquellos que se regocijan teniendo una espada en la mano, pero que cuando están delante de ti lloran pidiendo piedad?

Dragnar se sentó en la silla, observó el todavía ensangrentado cuchillo y se rió, a sus pies yacía el cuerpo de su padre, había gozado con la actuación patética de su padre al saber que iba a morir en manos de su hijo, jamás se quitaba la capucha al matar a sus víctimas, pero esta lo merecía.

No sintió pena ni dolor, su verdadero padre había sido su maestro el cuál hace años le había pillado robando en su casa y le había presentando en el templo de Khaine.

El cuerpo inerte había pertenecido a un hombre que había molestado a su templo, a su familia, un cobarde.

Y de su boca salieron unas palabras: Te faltó valor…


525 palabras, no es muy largo pero supongo que va bien para romper el hielo. Nos vemos

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10 años 1 mes antes #40290 por druchii7
el olor de la muerte

Duros habían sido los embites de las fuerzas del Caos en las torres del oeste era intensísimo, y al caer el Culto de Slaanesh la relación con los Demonios del norte volvían a ser de guerra.

En Nir Hunuth, una de las fortalezas al norte de Naggarond se prepara precipitadamente la defensa contra el veloz invasor.

“Sabías que esto pasaría, deja de lamentarte, y de dudar. ¡Debemos dar ejemplo!” – Dijo Eteis Ihcurd, comandante de las fuerzas que se guarecían en la fortificación – “Se espera mucho de nosotros en Naggarond, y no vamos a defraudarles” – “Señor” se quejó el escriba comandante, el joven e inexperto Vag Eproht “son demasiados, y estas criaturas no se detienen ante nada como los débiles bárbaros de las tribus del norte. ¡En pocas horas habrán tomado la fortaleza!”. Eteis contestó con una mirada entre el aburrimiento y el tedio, pero la paciencia del comandante era mayor que la habitual en los veteranos oficiales de la guardia negra. “¿Nunca has visto combatir a la guardia negra cierto?” dijo acercando su cabeza a la del escriba “Ármame y no vuelvas a hablar hasta después de la batalla”. El escriba se apresuró a obedecerle, aunque esa no era su labor, pero los sirvientes de Eteis estaban ya formando a las puertas de la fortaleza.
Las fuerzas de la ciudad estaban ya preparadas para la defensa de la fortaleza. La guardia negra estaba situada defendiendo el portón, dos regimientos ballesteros ocuparon las gruesas murallas especialmente preparados para la defensa del enclave. Los lanzavirotes colocados en la cima de los torreones, mientras que dos regimientos guerreros defendían la puerta menor de la fortaleza una hechicera mayor, Aigitse dentro de un grupo de sombras sobre el techo de una terraza y Tiehkol, el noble gobernante de la ciudad, que montaba en su pegaso como de costumbre.
“¡Ahí se acercan!” Gritó uno de los soldados de entre los ballesteros. Eteis apretó el paso y pronto llegó a la posición que le correspondía, el frente de los guardias negros.

El nerviosismo de los druchii se hizo tan intenso que prácticamente podía saborearse. Hasta los veteranos guardias negros parecían relativamente intranquilos.

“demonios de Nurgle” dijo uno de los guardias negros a su comandante- “su hedor es inconfundible” tras lo que el nerviosismo creció.

Los aullidos empezaban a escucharse en la lejanía… sobrenaturales alaridos emitidos por criaturas de antinaturales movimientos. Se movían lentamente, pero sin cesar. Entre las criaturas se veían todo tipo de aberraciones y seres putrefactos. Entre ellos con un pesado vaivén se distinguía una enorme criatura cuyo cuerpo era tan alto como una hidra y más corpulento que el del mismísimo Sepharon. “Por Khaine, una gran inmundicia” pensó Eteis. “Espero que no seáis escrupulosos” dijo en voz alta a sus guardias, que rieron con gusto la arrogancia del general.
“Apunten…” dijo con tono tranquilo al cornetero, que mandó el mensaje a los ballesteros. Pero no sólo aparecían los nauseabundos portadores de la plaga, que apuntaban al oscurecido cielo con sus alargadas escalas, acompañando a la enorme criatura, sino que unas bestias informes e indescriptibles surgieron entre la enorme multitud… “¡Fuego!”. Antes de que la corneta sonase con la orden, los ansiosos soldados abrieron fuego. Los demonios parecían ser casi inmunes a los disparos, avanzando ahora más rápidamente preparando las escalas. El lanzavirotes disparaba a la Gran Inmundicia sin cesar, pero esta brutal mole de tripas y fluido parecía no inmutarse. En respuesta con una mirada lánguida y perdida parecía apuntar a los ballesteros, y de su mano emergió una niebla que les envolvió rápidamente, haciendo que muchos de ellos cayesen muertos recubiertos de unas negras costras. Aigitse, incapaz de contrarrestarle invocó a Lahmek y detuvo al instante la niebla, permitiendo que pudieran volver a disparar.

¡Están trepando los muros! Se oyó a lo lejos. Así como los portadores de la plaga incrustaban sus escalas para asaltar a uno de los regimientos de ballesteros, las bestias de la plaga escalaban pesadamente las murallas con sus enormes zarpas. Las últimas ráfagas de los ballesteros parecían tener más éxito.

Cuando todo parecía favorable, bajo la puerta trasera empezó a verse algo, como excavando. Los lanceros observaban con atención intentado descubrir lo que era. Momentos después una enorme horda de aullantes nurgletes se abalanzó sobre ellos apareciendo por debajo del portón trasero. En el frente, la guardia negra permanecía a la espera de que algo ocurriese. Y así fue, la gran inmundicia alzó su enorme mayal y lo preparó para golpear la puerta justo antes de que un virote le atravesase el brazo. Un grave bramido de dolor le hizo vacilar, pero entonces hundió su arma en el pesado portón, que se abrió como si de paja fuese. Etais desconcertado preparó su alabarda, apartándose rápidamente para evitar caer aplastado como le ocurrió a varios de los guardias. En las murallas Tiehkol se lanzó contra las bestias de Nurgle, que no habían logrado subir por su pesado cuerpo y cortas extremidades, haciendo que una a una se desplomasen sobre el rocoso suelo, quedando totalmente destrozadas. En la puerta principal los ataques de los guardias y del propio Etais eran infructíferos, debido a la correosa piel del demonio, y los nurgletes que salían de sus tripas apuñalaban con fiereza a los aturdidos guardias. “maldito engendro, pensó el comandante de la guardia negra, si esto sigue así acabaremos muertos”. Dicho esto se lanzó hacia la criatura en solitario, subiendo rápidamente y montándose en su hombro. La lenta bestia no pudo reaccionar y acabó con la alabarda atravesando su cuello, pero lejos de estar muerta agarró al temerario guerrero de una pierna a punto de matarlo. Pero entonces de detrás de las murallas surgió Tiehkol que hundiendo su lanza en la espalda forzó a la criatura a soltarle. Para su desgracia de un manotazo agarró al pegaso y sin que ninguno pudiese evitarlo estampó al heroico señor de las bestias contra la pared matándolo en el acto. En un último envite, el magullado Etais arañó inofensivamente la piel del monstruo. “ghlaith” dijo el elfo, activando el hechizo de su encantada alabarda, la que, encendiéndose al rojo vivo quemó la carne del monstruo y se hundió como si de mantequilla fuese provocando en la criatura un último alarido de dolor antes de desplomarse inerte.

La batalla había terminado, los demonios habían sido exterminados, no sin antes llevarse la vida de gran parte de los soldados de la batalla.

“Fue un honorable druchii”, dijo mirando al desfigurado y aplastado cuerpo del señor de las bestias, “débil no obstante” añadió con frialdad.
“Más de la mitad de la guarnición ha muerto, señor, otro ataque y no tendremos opción” dijo apresuradamente el escriba que se había refugiado en el sótano de un cuartel durante la batalla.
“Qué importa” contestó, “las vidas de los soldados de un remoto enclave no importan a nadie” añadió. “asegúrate de que quede clara mi hazaña, un par de batallas así y tal vez nuestro rey decida concederme el puesto de Kouran”.



(1159 palabras. al final no añadiré dibujos para que todos juguemos con las mismas circunstancias)]

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10 años 4 semanas antes #40322 por Danishark
Desolladores de Mengil Pielhombre


El capitán Mengil Pielhombre gritó que avanzásemos y así obedecimos los cinco súbditos. Somos el equipo explorador de élite de nuestro glorioso Rey Brujo, el más prestigioso y sanguinario grupo de todo Naggaroth. Nuestra misión en tierras bretonianas era simple; conseguir una preciada reliquia que transportaba un grupo de caballeros bretonianos desde el Imperio a Bretonia, avisados por un chivatazo. Permanecíamos en un oscuro y grande bosque por donde creíamos debían pasar, a la espera de que viniesen. No teníamos la menor idea de cuántos hombres podían ser, pero lo que era seguro es que era un reto para sólo seis exploradores de élite.
- ¡Alto! – gritó Mengil, al tiempo que se agachaba a observar unas huellas de caballos en un camino de tierra, que atravesaba el corazón del espeso bosque. Después de un minuto, se dirigió a nosotros y nos dijo:
- Bien, diría que son caballos grandes de tiro, pero mirad la distancia entre las huellas. Tienen las patas largas. Las huellas son claras, sin arrastre, así que levantan las patas. Han sido muy bien entrenados. Ahora que me fijo, las herraduras son de hierro, pero no de un hierro común. Fijaos en la cabeza de estos clavos, acaban en punta, por lo que están preparados ante todo terreno dificultoso. Calculando así a ojo son unos diez caballos y unos quince hombres de infantería, más una carreta que es donde se supone que está nuestro paquete. Avanzaremos con cautela y les sorprenderemos más abajo, atajando y preparando el terreno para emboscarles. Vamos!

Nos movimos sin hacer el menor ruido, pisando hojas secas, casi inaudibles para el oído humano. Tras tres horas de trote llegamos al camino donde el capitán Mengil quería, sabiendo que aún no habían pasado por ahí, pero prediciendo que pronto lo harían. Comenzamos a poner trampas, unas cuatro en total, desde cepos en el camino hasta troncos preparados. Cuando todo estuvo listo, aguardamos, con las ballestas de repetición en nuestro regazo y las pesadas espadas a la espalda. Pasó una larga hora cuando Mengil se acercó a nosotros y dijo:
- Es la hora, ya se acercan. Envenenad las armas. La táctica de siempre. Y esperad a mi señal. Ahora, colocaos en vuestras posiciones.

Así obedecimos. Sacamos las bolsitas de veneno negro, exclusivo en todo el Viejo Mundo por los druchii por su letalidad y rapidez, y untamos las armas con dicho líquido. Al prepararnos, Mengil ya había desaparecido, ya estaba en su “posición”.
Poco a poco, el ruido de cascos de caballo y pisadas llegó a nuestra vista, acercándose poco a poco a nuestro punto clave. Aún después de haber hecho tantas veces esa acción nos encontrábamos muy escondidos y tensos, mientras aguantaba la gran red con Vrandith, compañero de grupo, y veía cómo al otro lado del estrecho camino Saathras y Khaarth hacían lo mismo. El capitán era muy bueno, casi había acertado en sus predicciones sobre el número enemigo. Eran doce caballeros y dieciséis hombres de armas, mezclando arqueros, espaderos y milicianos, dejando en el centro una lujosa carreta.

¡¡ Clack!!

Las dos primeras trampas se activaron y dos enormes cepos cortaron las patas de dos caballos de guerra. Entonces es cuando esos estúpidos se dieron cuenta de que estaban siendo atacados, alertados por los gritos de los caballos.

En ese instante lanzamos las redes los cuatro druchii, atrapando a unos cuantos caballeros e inutilizando temporalmente a los arqueros. Después descendió sobre ellos la muerte materializada en pequeños virotes punzantes y envenenados, causando bastantes bajas bretonianas, centrándonos sobretodo en los arqueros. Ni siquiera sabían de dónde venían los virotes.
Resorn disparaba desde mitad del camino, impidiendo las huidas de los atemorizados. Seguimos disparando, hasta que oímos el grito de señal de Mengil, dando a entender que las otras dos trampas se debían activar. Vrandith y yo cortamos cuerdas y dos pesados troncos cayeron sobre la multitud, atontando a unos, entumeciendo a otros, y aplastando a pocos. Pobrecitos, se hallaban rodeados, sin saber qué hacer, ya que el capitán bretoniano yacía muerto con un negro virote en la sien. Patéticos.
La táctica era rodearlos y acribillarlos, con Vrandith y yo en un lado del camino y Saathras y Khaarth en el opuesto, Resorn enfrente de ellos, cortando las posibles huidas y el capitán escondido, siendo el plato fuerte de la cena.

Ya quedaba poco menos de la mitad, y el grito de Mengil nos hizo recordar lo que se avecinaba. Descendió como una sombra desde su escondrijo, situado en árboles a varios metros por encima del camino, escondido entre su capa hecha de piel humana con su exclusiva pistola ballesta y descargando toda la munición contra el enemigo. Al llegar al suelo, desenvainó la pesada espada de dos manos y comenzó la carnicería dentro de la propia formación bretoniana. Cortaba miembros y cabezas como si de papel se tratase, como si atravesar las armaduras bretonianas no le costase. Mengil estaba loco, era casi un suicidio meterse en medio de una guarnición entera enemiga, pero no era ni su primera vez ni sería la última, ya que parecía intocable. Ahora era nuestro turno, y los cuatro druchii apostados a cada lado asaltamos la guarnición enemiga, blandiendo las mortíferas espadas pesadas sobre nuestras cabezas. Resorn seguía apostado en el camino, disparando a la caballería que iba en la cabeza de la formación. Pocos minutos tardamos en abatirlos a todos, sobretodo Mengil, quien no dudó en exterminar a casi todos los milicianos y a muchos diestros caballeros, que poco podían hacer ante el enloquecido y mortífero druchii en aquel camino tan estrecho. Todo duró muy poco.

Cuando el grupo élfico remataba a los pocos heridos y supervivientes, me dirigí a la carreta para ver si la reliquia estaba a buen recaudo, haciendo recuento inconscientemente y viendo que no habíamos sufrido ninguna baja. Perfecto, como en las otras docenas de incursiones.

Abrí la puerta y comprobé que la reliquia estaba a salvo, sintiéndome eufórico por el glorioso día de muertes.
Al sacar la reliquia del carro y enseñársela al grupo, vi que el capitán Mengil ya había comenzado a despellejar a los cadáveres con diestra rapidez, sabiendo que pronto serían parte de nuestras capas o del estandarte más temido de todo Naggaroth;

El Estandarte de Los Desolladores de Mengil Pielhombre.


(como contais las palabras? XD el mío tiene un porrón y tengo otro relato mucho más largo de una batalla, y más currado que este.) Un saludo!

No perdonaré ni olvidaré. Muerte y ruina a los hijos de Aenarion por todo aquello de lo que nos han despojado. (Malus Darkblade)

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10 años 4 semanas antes #40365 por khirkan
MÁSCARAS

Aburrido, era todo muy aburrido, siempre patrullando la costa la espera de alguna invasión por parte de los druchii o de los asquerosos humanos que habitan los desiertos del Caos en el norte.
El joven Delkh pertenecía a una de las patrullas de guerreros sombríos que patrullaban las costas del norte de Ulthuan. Aquella mañana se levanto pronto y se acerco a un acantilado desde el que se podía ver el mar, le encantaba mirar el mar, todos los días cada vez que podía se sentaba en la colina y se encendía la pipa para relajarse mirando al vasto mar del norte.
Una voz le llamo desde el campamento, tocaba la hora de la primera ronda, su patrulla se dirigió hacia el oeste, casi se conocía el camino de memoria así que seria un día tranquilo como tantos.
Durante la ronda algo llamo la atención de Tayrin una joven elfa, en una pequeña cala había una persona tirada, la patrulla desenvaino sus armas y se acercó hacia el cuerpo. El hombre de raza humana no presentaba signos de vida, sostenía entre sus manos un pequeño cofre, cuando el capitán intento coger el cofre pudo comprobar que lo sostenía con gran fuerza, después de soltar el cofre de manos del difunto enterraron el cuerpo de este y se dirigieron de vuelta al campamento.

Una vez en el campamento el capitán abrió el cofre, en su interior solo había una máscara bueno, en realidad solo estaba la mitad de la mascara, esta desprendía un aura extraña que todos pudieron percibir.

El mensajero salio inmediatamente en dirección al hogar de Alith anar para informar de lo ocurrido y para que enviasen a alguien para investigar aquella extraña mascara. Unos días después una patrulla con la insignia de Alith anar se presento en el campamento, en respuesta a su mensaje el señor de los sombríos había enviado a su amigo el gran archimago Finwel. Después de un acto de bienvenida el mago elfito se dirigió hacia la tienda del capitán en la cual Delkh y Tayrin montaban guardia para proteger el cofre, cuando el mago y el capitán llegaron Delkh abrió el cofre mostrando la extraña máscara al mago, al verla la expresión de este se convirtió en una mezcla de admiración y temor.
-Esta máscara pertenece a nuestros odiados hermanos del norte, es una reliquia del templo de Khaine que se llevaron con ellos después de la secesión –dijo Finwel-No puedo entender como a llegado a manos de ese humano pero debemos llevarla a un lugar mas seguro antes de que puedan descubrir que la tenemos nosotros o estas costas se llenarán de arcas negras, mañana debe abandonar esta playa-
-esta noche montaremos guardia en la tienda y en el acantilado-dijo el capitán
-Delkh encárgate del acantilado el resto montaremos guardia n el campamento-Ordeno el capitán.

Esa noche hacia un frío terrible, nadie hablaba en el campamento y Tayrin tenía un presentimiento terrible, de repente unos gritos le sacaron de sus pensamientos. Delkh bajaba corriendo desde el acantilado, se dirigió hacia la tienda del capitán y exhausto por la carrera exclamó-una nave druchii…se acerca una nave druchii por el este, varios botes se acercan a la costa, debemos abandonar el campamento- exclamo.
-Por el oeste, rodeando las ruinas nos alejaremos lo suficiente de la playa como para que no nos vean-sugirió Tayrin.
-Bien, así lo haremos. Tenéis 5 minutos para abandonar el campamento- Ordenó el capitán.
En un momento todos se dirigían hacia las ruinas del oeste con Finwel al frente portando el cofre. Cuando se acercaban a las ruinas empezaron a ver como desde su campamento se alzaba una columna de humo, todos miraban con rabia a su antiguo emplazamiento de todos los días, con toda esa rabia contenida el grupo se dirigió hacia el interior alejándose de la costa bordeando las ruinas de un antiguo templo

-Fácil a sido muy fácil engañaros estúpidos asur-Exclamo una voz que provenía del interior de las ruinas. En ese instante una andanada de virotes cayo sobre el grupo causando algunas bajas, el grupo se puso en formación de defensa y el mago Finwal con una sola palabra y alzando su báculo fue capaz de detener los virotes, entonces un grupo de corsarios salio de las ruinas y cargo contra el grupo de sombríos, los cuales les hicieron frente con toda la rabia contenida, la batalla se decantaba a favor de los asur debido a la ayuda del gran Finwal y la destreza del capitán de los sombríos, así que pudieron deshacerse del grupo atacante, pero perdieron varios hombres. Justo cuando el último de los druchii cayó pudieron escuchar como el grupo que había atacado el campamento se acercaba. Si los atacantes les alcanzaban todos estarían perdidos así que el capitán tomo una decisión, Finwal escaparía llevándose la máscara, acompañado por Tayrin, menos diestra en el combate pero increíblemente hábil ocultándose en la maleza, mientras el resto contendrían a los atacantes lo máximo posible hasta que ellos pudiesen avisar a los refuerzos.

Tayrin y Finwal corrían a través de los bosques, a lo lejos escuchaban el entrechocar de los metales y los gritos de los guerreros. No podían detenerse, tenían que traer ayuda antes de que los matasen, o peor se los llevasen como esclavos. Mientras esos pensamientos se le pasaban por la cabeza, algo cayó justo delante de ellos. Con mucho cuidado ambos e acercaron para ver el objeto que había caído.
Una expresión de horror se dibujo en el rostro de la joven y el mago al comprobar que lo que tenían delante era la cabeza del capitán de los sombríos.
Un golpe separo al mago de su báculo, cuando se dieron la vuelta un hombre encapuchado, con una espada manchada en sangre les mostraba una sonrisa burlona, soltó la espada y se abalanzó sobre ambos, de una tremenda patada en la cara derribo a la joven asur y luego se dirigió hacia el mago, este desenvaino su espada y atacó al encapuchado el cual con una facilidad increíble desarmo al mago y con su propio arma lo decapitó.
-y este es el poder de la grandiosa magia asur- rió el druchii.
Una figura se abalanzo sobre el atacándolo por la espalda, pero el druchii consigui esquivar el ataque y recuperar su arma, ahora armado con dos espadas se lanzo sobre su nueva víctima y después de un pequeño jugueteo con esta le seccionó las manos y de una patada la tumbó en el suelo.
-¿Por qué?, ¿Por qué haces esto?- preguntó la joven a su compañero de patrulla Delkh el cual se hallaba ante ella.
-¿Por qué?, es muy sencillo, simplemente por aburrimiento, tengo mi barco lleno de esclavos y aún es pronto para regresar así que decidí venir a jugar con mis queridos hermanos y demostrarles que en solo 1 mes e podido hacerme pasar por uno de ellos y matar a uno de sus mas poderosos magos. Tan solo necesitaba el cebo de la máscara para atraer a alguien poderoso, aunque la verdad me esperaba algo mas- contesto Lord Drukh, Noble de Har ganeth mientras apuñalaba a la joven asur.

(Tiene 1190 palabras. Espero que os guste ya que es la primera vez que hago algo así)

"Con el odio, todo es posible"

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10 años 3 semanas antes #40378 por Estigia
El arte de la locura.

La respiración era acelerada, y por más que intentaba silenciar su agitación, ésta resonaba por toda la larga escalinata que conducía a su habitación.
Se llevó la mano a la boca y miró hacia atrás.
-Por fin he logrado librarme de…¿de? ¿Qué era eso? ¡Por el Dios de la mano ensangrentada me estoy volviendo loco! Escucho pasos a cada minuto ¡Algo me sigue y no me persigue a la vez!-pensó aceleradamente.
El elfo se arrodilló pesadamente, con las manos apretando su cabeza.
-¡¡Ah!! ¡¡Basta, basta, basta!! ¡Déjame en paz maldita sea! ¿¡Qué o quién eres!? ¡Muéstrate cobarde!-gritó ahogadamente- ¡¡Qué quieres de mí!!
El elfo apartó sus manos de la testa y dirigió su mirada a la nada, atento a la contestación esperada. El eco fue lo único que obtuvo por respuesta, el eco… y pasos.
Los ojos se le abrieron como platos y sus labios dibujaron una mueca de terror en su rostro. Se levantó rápidamente y comenzó de nuevo a correr, el sonido de sus botas al chocar con el suelo se mezclaron con los que le causaban tanto estupor.
Estaba cansado, llevaba corriendo un día entero. Había logrado soportar la persecución de los pasos durante un mes, siempre los había oído lejanos, y había creído que eran de cualquier elfo, pero por la mañana, suspicaz, se había detenido a escucharlos, y se levantó preso del miedo al sentirlos al lado de su cama.
Le dolía el pecho, ya no sentía los miembros de su cuerpo, estaba empapado de sudor, necesitaba beber agua. La cocina se encontraba en la dirección opuesta a la que se estaba dirigiendo, así que optó por continuar hacia su habitación.
-Cien escalones y habré llegado.
Se volvió a detener para coger aire y escuchó al amado silencio.
-“Los pasos han… han desaparecido.”-Una sonrisa de alivio apareció en el agotado rostro. La quietud le alentó a seguir, así que, emprendió de nuevo la carrera, por si acaso.-No me atraparán, si es lo que desean.-dijo, y un escalofrío le recorrió la espina dorsal, sintió como si una femenina mano le hubiera acariciado la cintura. Miró hacia atrás, no había nadie. Aceleró, y vio como una negra sombra descendía las escaleras lentamente, el elfo paró en seco. -¿Pero qué es esto, estoy viendo visiones?-pensó disimulando el temblor de sus piernas. Una transparente sonrisa que proyectaba los escalones que se hallaban tras la sombra apareció en lo que debía ser el rostro. El elfo no daba crédito a lo que veía.
-¡Por fin te muestras perra del averno! ¡Ven a por tu destino!-dijo, desenvainando una espada corta que tenía la hoja serrada y apuntando a la sombra que se dirigía a él lentamente. -¿Por qué eres tan lenta, tienes miedo?
La sonrisa maquiavélica de la oscura sombra no desapareció, sino que ante el comentario, pareció ensancharse aún más.
-¡Si no eres más rápida, iré yo a por ti!
La sombra extendió lo que parecían sus brazos, lo que el elfo interpretó como un “adelante”. Comenzó a correr de nuevo, con la espada en alto y gritando ensordecedoramente. La sombra se detuvo y cuándo éste fue a atravesarla con la espada, ésta le rodeó con sus brazos y desapareció. De nuevo comenzaron a escucharse los pasos tras el elfo.
-¡Maldición, pero qué!
El elfo giró sobre sus talones.
-¡Cobarde, ya se quién eres te has mostrado ante mí! ¿Por qué huyes?
-¿Huyo? ¿No eres tú el que huyes?-Una enigmática voz familiar resonó en su cabeza.
El elfo miró hacia atrás, no vio nada, estaba solo.
-¡Muéstrate puta, muéstrate!
-¿Que me muestre? ¿Por qué no te me muestras tú?
El elfo se quedó paralizado.
-Me estoy volviendo loco ¡Es mi voz!-pensó aterrorizado y de repente se vio a sí mismo frente a sí. El elfo gritó como un loco, su otro yo se iba acercando a él lentamente, el miedo le paralizó las piernas.
-¡¡¡¡¡Piensa rápido, rápido!!!!!
-¿Rápido, querido?-le dijo una voz femenina al oído. El elfo miró de soslayo, temeroso, sin ver nada.-Siempre fuiste un necio lento e inútil.
El elfo volvió a mirar al que se le venía encima.
-Está desarmado.- pensó con asombro.
Una sonrisa de desesperación se dibujó en su rostro, y también en el del otro.
-¿Te burlas de mí? Eres una ilusión patética, no hay otro como yo.-dijo, y agarrando con fuerza su corta espada, se la arrojó, impactándole en la cabeza.-¿Ves cómo eras una ilusión?
-¿Ves como no era una ilusión?-repitió la voz femenina, y el elfo se desplomó en el suelo, con una espada corta clavada en su cabeza. –Era el reflejo de ti mismo, de tus propios miedos y de tu decadente traición… eras tú Dorgan. Te advirtieron que no atentaras contra el poder, el honor de mi familia y de mi señora Estigia.
Una silueta femenina se proyectó en la pared y cobró forma. Una mujer encapuchada se echó hacia detrás su oscuro atavío y dejó ver un hermoso Caedlin de oro blanco, que era la viva imagen de su rostro. Posó su pie izquierdo sobre el pecho del elfo, que con un crujido cedió por el peso, se agachó con gracilidad y con maestría le arrancó el corazón del pecho.
- Nadie insulta a la Elegida de Khaine. Nadie pone en tela de juicio las decisiones de mi señor el gran Khaine, tú lo hiciste, y ahora yo, Harathian, acólita del templo y princesa del Hag, me cobro mi tributo.-dijo con orgullo, y se dirigió con el corazón en la mano, a entregárselo a su señora, que hacía un mes le había puesto al tanto de la traición y le había ordenado que, tras aterrorizar a Dorgan con sus maléficas artes, le segara la vida y le llevara el órgano vital para ofrecérselo a Khaine, quemándolo en una pira.


(Tiene 960 creo o por ahí.)

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10 años 3 semanas antes #40383 por Arnath
El viento, la muerte y la doncella
La hermosa elfa se dejó amar entre los ropajes del asesino elfo oscuro. Linigrath sentía como su amante deslizaba las manos por su suave piel y le besaba el cuello mientras se desnudaban el uno al otro. Le acariciaba su largo pelo negro con cariño y cuidado, el hombre sabía claramente de qué forma dejar satisfecha a una mujer. Morthun el negro la había deseado durante años. El asesino le había cortejado, pero ella sólo aceptó que su primer encuentro como amantes fuera en el Templo de Khaine. Linigrath pertenecía al Convento de Hechiceras, había conseguido un puesto alto puesto dentro de este mediante intrigas y poder. Su largo exilio en los Desiertos del Caos tras la caída del culto a Slaanesh le había convertido y transformado en algo mucho más oscuro y poderoso que un elfo oscuro habitual.

Se dejaron caer en la cama de la habitación del asesino. Sentía como el placer se extendía por su cuerpo debido al largo tiempo que había pasado desde la última vez que tuvo relaciones. El cuerpo del asesino era ideal. Fuerte, musculoso, proporcionado y hermoso. Era el amante perfecto. No paraba ni un segundo de susurrarla hermosas palabras en el oído. Era una pena que tuviera que hacer esto justo ahora.

Una daga se deslizó en la mano de Linigrath y penetró el vientre del asesino druchii. El elfo le miró con ojos desorbitados de odio mientras la vida se escapaba de su cuerpo.

- La justicia ha caído sobre aquel que ha osado profanar el cuerpo de una de las esposas del Rey Brujo.- fueron las frías palabras de la desnuda elfa mientras reía por la muerte del asesino y comenzaba a ponerse los ropajes de este. Él intentó articular palabras en lo que parecía un patético grito de socorro, pero antes de lograr alzar lo suficiente la voz una de sus propias dagas arrojadizas se deslizo por su garganta causándole la muerte instantánea.

Avanzó por el oscuro pasillo del templo dirigiéndose hacia los aposentos de la Reina Bruja. La Noche de la Muerte era el momento perfecto para internarse en el lugar. Las elfas brujas se habían lanzado a las calles para realizar sus sacrificios al dios de la Mano Ensangrentada dejando a su dirigente sin su protección. Estaba segura de que aún la incordiarían algunos asesinos, pero que podían hacer ellos contra el poder del Shyish. El sexto viento rodeaba a la elfa oscura, dándola un poder mágico inconmensurable unido a la bendición de Slaanesh. El viento de la muerte era su compañero, su amigo, su amante. Era todo lo que ella necesitaba y daba gracias a los dioses del caos cada noche por haber hecho que lo descubriera.

Tras avanzar por el templo sin ningún percance, alcanzó la puerta de los aposentos de la reina. Una sola palabra de la hechicera hizo volar la gigantesca puerta por los aires. Por lo que podía observar, la vieja bruja tampoco había estado aburriéndose. La contempló mientras se sumergía en su baño del caldero de sangre. Tras volver a aparecer en la superficie, la elfa de aspecto decrépito había recuperado su belleza y juventud.

- Bienvenida a mí templo. Los infieles siempre son bien recibidos como sacrificios. Asesinos cogedla.- fueron las palabras de la reina, que sonaron ahora melodiosas debido a los poderes del caldero. Tres asesinos surgieron de entre las sombras y se lanzaron contra Linigrath.

- Sarirak, Reina Bruja del templo. Quedas acusada por el Convento y el propio Príncipe Negro de la caída de su culto. He venido aquí para recordaros que el culto a Slaanesh sigue estando activo.- fue la respuesta de Linigrath mientras los asesinos lanzaban dagas contra ella y se la clavaban profundamente en la piel.

Durante un segundo pareció que la elfa se iba a desplomar y Sarirak no paró de reír en largas carcajadas. Ninguno de ellos entendía nada. La venganza lo todo era para la antigua hechicera. Todos los enemigos que la habían expulsado en el pasado de la ciudad habían sido abatidos por los siglos o por sus propios aliados. Ahora su venganza sólo podía volver contra el templo al que pertenecieron.

La risa de la reina se detuvo cuando el aura de poder mágico recorrió la sala. Las dagas comenzaron a salir del cuerpo de Linigrath y cayeron hacia el suelo. Antes de llegar hasta él se desintegraron en polvo. Unos ojos oscuros miraron a los tres asesinos y contemplaron incrédulos como tres gigantescas serpientes mágicas eran convocadas por la hechicera, los atrapaban y devoraban.

Las serpientes avanzaron sin descanso hacia la Reina Bruja, pero esta no sería una presa tan fácil. Sarirak recogió sus dagas de sacrificio y las hizo girar a una velocidad sorprendente. Cuando terminó sus rápidos movimientos, las tres serpientes yacían bajo sus pies sin cabeza.

- Puede que seas poderosa, pero has elegido un mal día para atacar. En la Noche de la Muerte tenemos más poder que nunca, es el día sagrado del señor del asesinato.- dijo Sarirak mientras se avanzaba hacia Linigrath con una sonrisa sangrienta en los labios.

La Reina Bruja cargó a toda velocidad contra la hechicera. Sus armas volvían a ser un destello plateado en sus manos. Tenía muy claro que la mujer no podría detener ese golpe estando desarmada. Fue entonces cuando sus dagas chocaron contra una barrera mágica y sus propios golpes se volvieron contra ella, lanzándola dos metros atrás con sus propias armas atravesándole el brazo derecho y pierna izquierda.

- ¿Cómo es posible?-comenzó a balbucear.- El poder de Khaine fluye por mis venas. Nunca una barrera mágica había podido repeler mis ataques y mucho menos devolvérmelos.

- No te das cuenta de cuál ha sido el error de vuestro culto. Sacrificáis continuamente inocentes para alargar vuestra vida y obtener el poder de su sangre. Nunca habéis llegado a pensar que alguien con conocimientos del viento de la muerte pudiera sacar partido de vuestras acciones.- respondió Linigrath mientras la cara de la bruja se contraía de terror al comprender la verdad.

- Cada muerte- prosiguió la hechicera.- cada vida arrebatada por vuestras manos me otorgó poder. Habéis estando otorgándomelo durante la última década. Y vuestra propia ambición ha sido vuestra caída. Por fin os habéis encontrado con la bestia que habéis creado con vuestras acciones. ¿De verdad pensabais que no tendríais repercusiones? Muchos te esperan en el Otro Mundo y me exigen que te envíe con ellos, no creo que con buenas intenciones. Adiós- fueron las palabras de la hechicera mientras un rayo mágico atravesaba el corazón de Sarirak.

Pasadas las horas y tras colocar la cabeza de la reina, con el símbolo de Slaanesh grabado en su frente, en la puerta del templo y acabar con todos los que se encontraban en este, Linigrath volvió a los aposentos de Sarirak. Se introdujo entre la sangre del caldero mientras veía las visiones del futuro. Todavía no había completado su venganza. Todos los adoradores de Khaine pagarían la humillación que había sufrido. Esa noche aún podía obtener mucho más poder y profanar el templo del Dios de la Mano Ensangrentada. En pocas semanas la ciudad les pertenecería.

"Las mentiras son como el fluir del agua en un río, qué lástima que también mueran en el mar"<br><br>

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10 años 1 semana antes #41161 por Vraneth
Nota del autor: el relato que sigue es un fragmento de una obra mucho más larga en la que ya llevo trabajando algún tiempo. No obstante, he elegido un pasaje que se comprende perfectamente, sin necesidad de conocer el resto de la historia. Ojalá os guste.

La historia de una guerra (fragmento)

En el puerto de Anlec, aún bailaban los últimos reflejos del día. La luz viraba al rosa, preludio del espectáculo que se repetía cada tarde: un salvajísimo ocaso sobre la inmensidad del cristal oceánico.
Nuirhoa andaba de vuelta a casa, sumida en sus pensamientos. No alcanzaba a entender como la todopoderosa mano de Asuryan había permitido que un ser tan incompetente se sentase en el trono del fénix. Bel Shanaar, envenenado de arrogancia, había subestimado a los hombres del norte. Un error pagado con la sangre de su pueblo.
Y con la de su padre.
Los mercaderes ya recogían sus puestos, pero la calle aún continuaba animada. Las fiestas estaban transcurriendo felizmente ese año, pero por desgracia, todas las celebraciones quedarían súbitamente empañadas por el luto del día siguiente, cuando la noticia fuese de dominio público. Muchas mujeres descubrirían que se habían quedado viudas, otros tantos niños no volverían a ver a sus padres nunca más y, sin duda, todo el mundo echaría en falta a alguien.
Bastante aturdida, llego a su casa. Ya iba a cerrar la puerta tras de sí cuando oyó como alguien gritaba su nombre. Vio a un encapuchado que se dirigía deliberadamente hacia ella seguido de otro elfo que vestía una túnica púrpura. Atravesaron la puerta, obligándola a retroceder hacia el interior de la vivienda. Cuando ella ya iba a ordenarles que se identificaran de inmediato, el de la capucha dejó su rostro al descubierto. De entre todos de los que habría preferido verse apartada, allí de pie, invadiendo su propia casa, se encontraba el que más odio la suscitaba. Bel Shanaar, el rey fénix hizo un gesto con la mano a su acompañante que respondió de inmediato, cerrando la puerta.
-Nuirhoa, llevo deseando hablar contigo desde esta mañana.- La voz del rey parecía premeditadamente sosegada. –Y, si fuese malpensado, diría que me has estado evitando.
-Mi señor, el día se nos ha presentado lóbrego. He procurado cumplir con mis obligaciones en silencio. Espero que lo comprendáis.
Realmente, no esperaba que él comprendiera nada. Entendía que el rey había acudido a verla por diplomacia y, sabía que cualquier condolencia que pudiera recibir por parte de aquel individuo sería una mera formalidad, si acaso, interesada.
-Comprendo tu dolor en estos momentos. Haría cualquier cosa que estuviese a mi alcance por consolarte.
-Os aseguro que lo único que deseo ahora es estar sola.
-¡Pero no debemos esconder la cabeza ante los problemas! ¡Debemos mantenernos estoicos! –Chascó los dedos, fingiendo tener una ocurrencia-. Ya sé; me acompañarás en la cena de esta noche. Te distraerá.
-No creo que tenga ánimo de fiestas.
-Insisto en que me acompañes. La noche se hará más corta.
-Debo volver a negarme. Sois muy amable, pero no tengo ánimo, mi señor.
Entonces, habló por primera vez, el elfo del manto púrpura.
-Ya os advertí que se negaría. -Su voz dejó entrever cierto aire de suficiencia que cualquiera habría evitado al dirigirse al rey-. Quizá no estemos siendo lo suficientemente persuasivos.
Un atisbo de amenaza. Todo aquello la desconcertaba por completo. El rey le hizo un ademán a su acompañante con la mano, como pidiéndole que esperara. Quizá le quería decir que era mejor dejar ese tipo de cosas como último recurso.
-Prefiero olvidar lo que ese caballero acaba de decir.
-No cometáis ese error. –Añadió el extraño con gesto distraído.
-Disculpad, pero no os conozco. Y no suelo permitir que cualquier desconocido se presente en mi casa y me amenace. Ni siquiera si viene acompañado por el rey.
-Sois una niña arrogante. –No iba a tratar de disimular su amenaza-. ¿Acaso vuestro padre no os enseñó que uno debe ser respetuoso con sus mayores?
Él no lo sabría, pero acababa de meter el dedo en la llaga. Le recordó que su padre estaba muerto. Bel Shanaar guardaba silencio, con la mirada clavada en el suelo; probablemente él había planeado que aquella conversación se desarrollase de otra manera.
-Fuera de mi casa. –Se alegró de que su voz sonara tranquila. No quería parecer intimidada
-Si, saldremos. –El extraño hizo una pequeña pausa enseñándole media sonrisa de dientes blanquísimos. –Saldremos, pero tú también vendrás con nosotros.
En ese momento el rey levantó la vista del suelo. Notaría que su autoridad no estaba dando el resultado previsto y probó con un simulacro de súplica.
-Por favor, Nuirhoa, ven con nosotros.
-Ya he dicho que no.
-Por favor.
No entendía nada de aquello: no sabía por qué era necesaria su presencia esa noche ni tampoco a qué se debía una insistencia tan continua y en esas condiciones. Y se moría de ganas por saber que pintaba en todo ello el extraño de ropa púrpura que con tanta autoridad la había hablado. Empezó a sospechar que allí había mucho en juego. Pero de lo que estaba segura era de que él rey no tenía derecho a tratarla de aquella manera y decidió negarse una vez más.
-No iré.
-Entonces me estás obligando a tomar un camino que yo habría preferido evitar. –Bel Shanaar suspiró y dirigió una mirada hacia su acompañante.
-Como deseaba esto, mi rey. –Dijo el otro con una expresión de felicidad.
-Lo dejo en tus manos. –Se dirigió hacia la puerta pero antes de salir miró a Nuirhoa y luego otra vez al elfo-. Procura que… no haga ruido. –Cerró la puerta después de salir, dejando a Nuirhoa frente a aquel extraño. Ella se quedó inmóvil, esperando qué ocurriría a continuación. El elfo se liberó de la túnica púrpura y la arrojó al suelo. Debajo llevaba una camisa y calzas negras, unas botas altas y un cinturón del que colgaba una cimitarra y dos cuchillos aserrados.
-Dime una cosa niña, ¿a qué le temes más, a la muerte o al dolor?
La palidez cremosa de su rostro se convirtió en gélido alabastro. Sus pensamientos se bloquearon y se vio incapaz de decir o de hacer absolutamente nada.
-¿Ahora te has quedado muda? –La volvió a sonreír con su dentadura perfecta-.No hay problema. No vas a tener mucho que decir. Ahora desnúdate.
Primero sintió pánico; deseaba saltar por encima de aquel sujeto y salir a la calle en busca de auxilio, sin embargo, algo la mantenía clavada en el suelo, como una estaca. Entonces, lo que sintió fue miedo y lloró como una niña.

* * * *

Nuirhoa decidió apropiarse de ambos cuchillos aunque tuvo que dejar la cimitarra, puesto que no podría ocultar un arma tan grande. En cualquier caso, tampoco habría sabido manejarla. Se convenció de que nunca más volverían a sorprenderla desarmada. Pensó en lo que haría a continuación. No sabía si habría alguien fuera, pero decidió no arriesgarse. Saldría al patio y se encaramaría a la tapia, como cuando jugaba de pequeña. Desde allí, cruzaría por el tejado de la casa de al lado hasta un callejón donde podría bajar a la calle sin que nadie la viese. Había hecho eso cientos de veces cuando era más joven, pero hacía ya bastantes años que no lo intentaba. Cumpliendo con su plan, salió por la puerta de atrás. Las piedras de la tapia reflejaban los últimos rayos de la tarde cuando Nuirhoa se encaramó sobre ellas, apoyando las manos en el lugar exacto. Finalmente, subió una rodilla arriba. El muro no tenía más de tres palmos de ancho y tuvo que avanzar con mucho cuidado, avanzando con un pie por delante del otro. Cuando alcanzó la cornisa del tejado, se apoyó en ella un momento para contemplar la hilera de edificios que se recortaban contra el cielo anaranjado. Si levantaba un poco más la vista, los tonos violeta daban paso lentamente a la oscuridad azulada de la noche. El viento le acariciaba la cara y el pelo con manos heladas. Trepó sobre la superficie de tejas intercaladas y avanzó con gracilidad la distancia que le separaba del otro lado. Al acercarse al borde, se dio la vuelta para descolgarse y reducir la altura de la caída. Aterrizó levantando una nube de polvo, en medio del callejón cubierto de sombras y completamente inánime.
¿Dónde iría a continuación? Tenía una idea que merecía la pena intentar. Ella sabía de alguien que andaba buscando un pretexto con el que oponerse al rey. Sabía que era muy arriesgado, pero tampoco tenía más opciones. El horizonte ya había devorado lo que quedaba del Sol y Nuirhoa, emprendió el camino hacia la casa del Príncipe Malekith, deseando ser su pretexto.

<strong>"La táctica consiste en saber qué hacer cuando hay algo que hacer. La estrategia, en saber qué hacer cuando no hay nada que hacer."</strong>

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10 años 1 semana antes #41191 por Kablinter
SEIS SUSPIROS

La oscuridad se estaba disipando. Estaban en la playa. Esperando.
A sus espaldas seguían llegando embarcaciones. Las pequeñas llevaban guerreros. Otras descargaban corceles. Y las más grandes, transportaban monstruos. Esperaban.
En su frente, rodeando toda la playa estaban sus enemigos. Mirándoles desde arriba. Desde la altura que dominaba toda la playa, todo el mar. Sus ropas eran blancas, sus armaduras brillaban con el amanecer, y sus armas estaban listas para matar, para matarlos a todos. Esperaban.

-¡Que el Gran leviatán se los coma a todos! -masculló entre dientes Unkharon-. ¿A qué Kraken están esperando? –escupió al suelo.
-A que estemos todos –respondió Neganhder-. ¿Verdad Yurin?
Yurin miró a sus compañeros, nerviosos. Miró a los ogros que estaban siendo reunidos a su derecha, reacios. Miró al grupo de nobles con grandes lagartos por montura de su izquierda, silenciosos.
-Así es –se dio la vuelta y miro al mar, dando la espalda a los asur y mirando a los druchiis-. No quieren que ninguno escapemos.
-¿Escapar? ¡Por el Karaken! ¡Si acabamos de llegar! Son ellos quiénes deberían huir como un banco de alevines.
-Unkharon, eres tan tonto que no ves lo que está pasando –dijo el capitán del “Fortuna siniestra”-. El día que tu padre violó a tu madre debió recibir un buen golpe en la cabeza.
-¡Fue tu madre quién violó a mi padre! -todos rieron y Unkharon se llevó una mano a la cabeza, confuso. Estaba contento. Iba a matar asures. Nada más le importaba. Él era así de simple.
-Escuchad bien -les dijo el capitán-. Nosotros somos el cebo. Estamos aquí para atraer a tantos asures como nos sea posible. Este es el último sitio en el que habría que desembarcar. Ésta es la peor hora a la que se podía desembarcar. ¡Y éstas son las peores tropas con las que se podía desembarcar!
-¿Pero porqué? -Preguntó Nayar-. ¿Por qué nos quieren matar así?
-Preguntadle a Yurin -es todo lo que dijo el capitán. El resentimiento saltaba en sus ojos. El odio que sentía hacia Yurín no hacía más que empeorar de un día a otro. Pronto tendría que matarlo o sería Yurin el muerto.
Casi toda la tripulación del “Fortuna siniestra” estaba allí. Ninguno dudaba de su palabra. Confiaban en él.
-Esta tarde estuve haciendo guardia en las habitaciones del mago –vio como algunos contuvieron la respiración y otros hacían el signo del kraken, supersticiosos. El mago los aterraba-. Explicó el plan a Lord Salennon y a Lady Andarhain. En estos momentos el “Grandiosidad” y todo su poder se dirigen hacia el sur de Tor Ilaven. Nosotros estamos al norte. Somos una fuerza peligrosa, pero ni comparación con lo que lleva el “Grandiosidad”. Lord Jakarthé en persona viaja en él –esto último produjo exclamaciones de asombro.
-¡Kraken! ¿La “lanza de Khaine” va luchar hoy? –los ojos de Unkharon casi lloraban de alegría.
-Tú no lo vas a ver, ¡idiota! -espetó Neganhder-. Ninguno lo vamos a ver hoy.
-Puede que nunca lo volvamos a ver –Se lamentaba Nayar a quién quisiera oírle-. Después de hoy, no viviremos.
-¡Por el Kraken! ¡Tenemos al mago con nosotros! –nada podía desanimar hoy a Unkharon, hoy no. Aún así hizo por décima vez el signo del kraken mientras hablaba-. El mago no estaría aquí si fuera a morir.
-¡Eres más tonto que una sardina! –desesperaba Neganhder-. El mago puede desaparecer cuando quiera, evidentemente.
-¡Callaos! –el nerviosismo del capitán crecía-. ¿Tú que dices? ¿El mago ayudará? –fijó en Yurin su mirada. Había mucho odio en esa mirada.
-Seguro –Yurin no tenía porqué decirle más, pero sí a sus compañeros-. Nos sacará a todos de aquí.
-¡Por el Kraken! ¿Qué va a hacer?- Unkharon no podía disimular su felicidad: no solo iba a matar asures, también vería al mago en acción.
-¿Lanzará rayos sobre la colina?
-¿Abrirá la tierra para que se los trague a todos?
-¿Va a quemarlos con llamas?
-¿Invocará demonios?
-¿Hará que les explote el cuerpo?
-¿Los congelará?
Todos hablaban precipitadamente. Se habían olvidado por completo de que estaban rodeados, en desventaja numérica, que el enemigo tenía una posición elevada y que no tenían más escapatoria que el mar. Sin embargo, disfrutaban del sabor de la victoria.
-Todo a la vez –les dijo una voz al lado del grupo de corsarios. Era el mago. El hechicero caminaba junto a Lady Andarhain. Ella portaba una hermosa armadura con joyas que formaban el emblema de su casa: un tritón. Él vestía finas telas de color anaranjado. Con su alto báculo lleno de runas, de gemas y de anillos, el extremo estaba rematado por una esfera en cuyo interior flotaba una espada. A Yurin le fascinaba aquella espada.

El hechicero no se detuvo. Los corsarios desenvainaron sus armas. “Es hora de matar asur. ¡Por el Kraken!” escuchó que decía alguien, seguramente Unkharon. Miró a su alrededor. Todo estaba listo. Muy por encima suyo se encontraban los elfos de Ulthuan con sus arcos tensos. Ninguno había disparado. “¿Porqué?” era lo único que acertaban a preguntarse los corsarios. “¿Porqué no nos han disparado todavía?”.

En el centro de la playa, el hechicero alzó las manos y todo comenzó. Del cielo cayeron mil rayos contra las líneas asur. Asió el báculo con las dos manos y lo clavó con fuerza en el suelo, de allí empezó a abrirse la tierra y la grieta se acercó veloz a los elfos del Rey fenix. Del báculo surgieron esferas de fuego que se estrellaban en los cuerpos de los altos elfos. Trazó un circulo en el aire, y de él surgió una sombra, luego otra y luego cientos, volaban, saltaban, se empujaban y gritaban, pero todas ellas iban hacia los odiados asur. El hechicero clavó una rodilla en el suelo, pero aún así alzó un puño. Luego levantó la mirada y todo enemigo al que viese, explotaba. Se puso en pié con dificultad, apoyándose en el báculo. El báculo se quedó suspendido en el aire, enfrente del mago. Éste extendió los brazos tras de sí y súbitamente, con los ojos brillando de pura magia, los echó hacia delante, como si empujase todo el aire del mundo. Y eso debió suceder, porque la fuerza del viento derribó a todos en la playa.

Cuando Yurin se puso en pie. Miró alrededor. Donde antes había cientos de guerreros enemigos, ahora sólo había caos. Estaban paralizados con los cuerpos cubiertos de escarcha. Sombras malignas se movían entre ellos, devorándoles las caras, las manos, las vísceras. El suelo se tragaba los cuerpos, muertos o vivos. Del báculo mágico seguían saliendo esferas. Y del cielo no paraban de caer rayos.
Yurin miró al Hechicero. Todos miraban al hechicero. Y el hechicero sonreía.
-¡Kraken! El jodido mago no me ha dejado matar nada.

Nota: 1117 palabras (si quitamos el primer párrafo se quedan en 1041)

"Y solo sabréis quien soy, lord Gho Fhaazi, justo antes de morir, al tiempo que esta ciudad y todos sus degenerados habitantes perecen con vos"
Elric de Melniboné. La Fortaleza de la Perla.

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10 años 1 semana antes #41196 por m_mingu
LOS TERRORES DE LA NOCHE

La noche había caído sobre aquel lóbrego lugar y el frío era cada vez mas intenso; pero qué es el frío para los habitantes de Naggaroth.
Los pocos que quedaban trataban de despistar a las fuerzas de Stirland que les perseguían, la oscura noche y las adversas condiciones meteorológicas para los débiles humanos les ayudaban, pero aún no estaban a salvo.

“Aquí”. Gritó Ilaïthinor a las tropas, señalando un pequeño panteón.

Los Elfos entraron rápidamente intentando no hacer ruido, evitando así alarmar a sus perseguidores.

“Señor, hay unas escaleras que parecen llevar a las catacumbas”. Susurró Athor Ithil, uno de los lanceros de Hag Graef, a Ilaïthinor.

Estaba claro que todo el pelotón confiaba ciegamente en las habilidades del Maestro Asesino de Karond Kar.
Ilaïthinor observó con cautela a su alrededor, aquello no parecía un sepulcro normal, todo estaba decorado con un exquisito gusto: candelabros, sillas con pomposos cojinetes, grandes alfombras y tapices decoraban el húmedo lugar, y al fondo de la sala, unas escaleras que descendían, incluso parecía que una vela alumbraba la región subterránea de la tumba.

“¿Sabéis donde estamos?” –Inquirió el asesino- “En el Imperio” –Respondió Athor Ithil- “Eso es evidente, y ten por seguro que si das otra respuesta como esa a una de mis preguntas las milicias Imperiales serán el menor de tus problemas.
Estamos en Sylvana, así que mantened los ojos bien abiertos, esto no es una tumba, es una guarida”

Ilaïthinor comenzó a avanzar sigilosamente por la habitación, en dirección a las escaleras. Conforme los Druchiis se iban acercando se oían cada vez ma fuerte unos brutales impactos, parecía una sangrienta batalla, aunque era difícil imaginarla en un lugar como aquel. Una vez las tropas comenzaron a descender por la intrincada estructura los estoques eran cada vez mayores, aquello inquietó aun más a los elfos, que no imaginaban lo que iban a encontrarse tan solo unos pasos mas adelante.
La imagen que llegó a los ojos de Ilaïthinor cuando alcanzó el final de la escalinata y de los Druchiis que le seguían era dantesca: una montaña de miembros putrefactos despedazados en el centro de un enorme salón de entrenamiento y en el fondo una figura de aspecto humano.
La luz que alumbraba la sala era muy escasa, y en parte provenía de las pocas antorchas que portaban los Druchiis, pero aquel ser no necesitó luz para identificar a los intrusos.

Una voz grave retumbó en toda la habitación, parecían palabras mágicas. La puerta que quedaba detrás de los elfos, la que daba a la escalera de caracol por la cual habían descendido se cerró de golpe.

“Preparaos, es un vampiro” –Gritó Ilaïthinor al notar en el aire el tremendo poder mágico que las palabras de la criatura inspiraba-

Acto seguido se oyeron cánticos, algo indescriptible y gutural que llevó el miedo a los soldados y que hizo que la montaña de cuerpos y miembros del centro de la sala comenzarán a unirse de nuevo, preparados para la batalla.

“Que no os tiemble la mano Druchiis, somos los Hijos de Khaine, la mano ensangrentada de nuestro dios. Por Malekith y Naggaroth, ¡CARGAD!”

Las palabras de Ilaïthinor resonaron en los oidos de los elfos, que se lanzaron al combate convencidos de su victoria, pero poco después la situación cambió, aunque los zombies caían sin problema bajo las hojas élficas, Ilaïthinor se percató de que cada vez menos Druchiis combatían a su lado. Una sombra recorría la estancia rápida como un rayo incluso para los ojos de un elfo, a cada nuevo movimiento de la sombra un Druchii caía.
Los zombies solo eran el cebo, en ese instante Ilaïthinor lo entendió, pero ya era demasiado tarde como para salvar a los soldados que yacían sobre la fría piedra del suelo. Aún así el asesino luchaba con todas sus fuerzas ensartando enemigos con cada golpe.

En ese instante la voz volvió a oírse en la catacumba, y los No Muertos se convirtieron de nuevo en una masa de miembros esparcida por el suelo.

“Has interrumpido mi entrenamiento”. Gritó en el idioma humano la voz desde el fondo de la sala.
“Acaso crees que me importa nigromante, sé que tus poderes mágicos son excepcionales, pero te garantizo que acabaré con tantos siervos como revivas y cuando te quedes sin fuerzas separaré lentamente tu cabeza del cuerpo”
“¿Piensas débil elfo que soy un hijo de W’soran?” –Una risa se escuchó haciendo que los huesos del mismísimo Maestro Asesino se helaran de temor-

La sombra comenzó a acercarse a Ilaïthinor quien al ver a la luz a su enemigo llegó incluso a temblar de miedo: un hijo de Aborash, un Dragón Sagriento.

“Te desafío, Hijo de Khaine” –Dijo con tono jocoso el vampiro, seguro de sí mismo.

El Druchii estaba paralizado por el miedo, no sabía qué hacer, pero entonces recordó su adiestramiento.

“Furdiek Kháela Mensha Farmiek Khaine”. Voceó Ilaïthinor lanzándose lleno de furia contra el Dragón Sangriento. Nadie se burla de un asesino y vive para contarlo.

Los golpes se sucedían y mientras Ilaïthinor se empleaba a fondo esquivando mandobles de su temible enemigo éste apenas se estaba esforzando.
La lucha duró horas, y el elfo comenzaba a perder fuerzas, las piernas ya no le respondían y el vampiro golpeaba cada vez con más fuerza, el último golpe fue tan brutal que el asesino tropezó y cayó al suelo, quedando a merced del No Muerto, mas en ese instante, con todo perdido, su colgante comenzó a brillar, y justo cuando el vampiro estaba dispuesto a dar el golpe de gracia emitió un brutal destello que cegó a la criatura.

No podía desperdiciar la oportunidad, Ilaïthinor se puso en pie y de un fuerte golpe de su draich decapitó al Dragón Sangriento.

El colgante que encontró en Altdorf le había salvado la vida, estaba claro que Khaine había decidido que viviera una día más.
Creyéndose a salvo se dirigió a la salida de las catacumbas, preparado para subir de nuevo las escaleras, pero la puerta aún estaba cerrada. ¿Cómo era posible?
Con el vampiro ya muerto su magia debería haberse disipado, pero de nuevo una voz retumbó tras Ilaïthinor:

“En guardia elfo”

"La pregunta no es por qué matar al enemigo, sino por qué no"



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