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Invasión a Naggaroth (relato)

9 años 4 meses antes #61119 por Danishark
Buenas a todos, os pongo un relato un poco largo pero bueno...
No seais muy duros con las críticas...


Invasión a Naggaroth

-¡Moveos holgazanes!- gritó el general Kassel para que sus tropas se moviesen.
Era una fría tarde de primavera, un día normal en esas malditas tierras gélidas llamadas Naggaroth. Habían sido movilizadas unas diez mil unidades imperiales comandadas por Siffar Von Kassel, para invadir la tierra de esas alimañas de orejas puntiagudas llamadas Elfos Oscuros.
Me llamo Hotenhoff, comandante de las tropas del Imperio, brazo derecho del general Kessel, y relato esta historia porque no tengo nada mejor que hacer mientras espero mi muerte.

Habíamos marchado durante semanas para llegar, y no fue una tarea fácil con ese gélido frío, esas tormentas de nieve y esas tierras tan dificultosas. Aún recuerdo los muchos enfermos que cayeron bajo gripes, pulmonías y demás derivaciones de enfermedades, todas por el jodido frío. ¿Quien coño podía vivir en ese clima?

Partimos de nuestras gloriosas tierras del Imperio con batallones de cañones de salvas y cañones imperiales, escasa pero experimentada caballería pesada y ligera, cuarenta y tres batallones de alabarderos, grandes espaderos, milicianos, arqueros, arcabuceros y lanceros. También contábamos con dos expertos sacerdotes hechiceros cuyos nombres no recuerdo, además de los veinte veteranos capitanes que habían manchado la tierra con sangre enemiga y algún que otro as en la manga secreto. Kassel era un hombre corpulento, experto en el arte de la guerra y un gran combatiente, aunque con reputación de cobarde, iba con su gran armadura y su martillo mágico de Sigmar que tantas cabezas había aplastado. Yo, me tenía que conformar con una espada afilada mediocre y un escudo bastante resistente.

Nuestro objetivo era aniquilar a esos elfos oscuros, ya que sus grandes y múltiples incursiones habían acabado con muchos de nuestros navíos y pueblos costeros. Eran depredadores despiadados y crueles por naturaleza. Ahora, por fin, íbamos a darles su merecido castigo.
Esta mañana me levanté con un frío sudor, y supe que algo iría mal hasta ése momento....

Nos encontrábamos en un estrecho valle, un pequeño pasadizo entre montañas, de unos doscientos metros de anchura, y de paredes altas, de unos cuarenta metros de altura. Estrechábamos nuestro ejército para poder pasar, hasta que un sonido fatídico sonó. Un cuerno de guerra elfa tocó una nota aguda que resonó en nuestros huesos, inundándonos de miedo y venganza a la vez. Von Kassel y yo, que caminábamos juntos, detuvimos a toda la compañía en seco.

De repente, estandartes élficos, lanzas y guerreros salieron a nuestra vista, declarándonos batalla con sus desafiantes miradas. Eran muchos, armados con lanzas, espadas, escudos y una armadura ligera que apenas los tapaba.
Von Kassel se dirigió hacia mi y me dijo:
- ¡Hotenhoff, infantería de choque a segunda línea, arqueros y arcabuceros a primera, a mi orden disparad, exploradores a lo alto de las colinas y caballería preparada para entrar en acción! ¡Rápido!
Me puse a repetir dichas órdenes a mis capitanes y pronto se prepararon todas las tropas.

- ¡FUEGO! – gritó el general. Y así se hizo.
Bolas de plomo disparadas con pólvora y flechas salieron a buscar cuerpos enemigos, pero pocos llegaron. ¡Estaban calibrando la distancia! Mientras arcabuceros y arqueros se preparaban para la segunda ráfaga, cayeron docenas de virotes de las famosas y letales ballestas de repetición de nuestros enemigos.
- ¡Cubríos!- grité, y los que pudimos nos tapamos con el escudo o simplemente nos agachábamos. Algunos cayeron, pero al acabar los infinitos segundos de angustia nos levantamos y gritamos amenazas e insultos con la rabia de los dioses.

Momentos después, Von Kassel gritó a todos los que pudiesen oírle:
- ¡Hombres de tierras libres, guerreros imperiales, venerad a nuestro pueblo con honor, y luchad con ferviente furia! ¡¡¡Por Sigmaaaar!!!
Acabada la frase, corrimos hacia nuestro enemigo encabezando la línea de milicianos hacia nuestro enemigo.

Chocamos con fuerza humanos y elfos con un estruendoso ruido de metal resonando y gritos de dolor. Al decapitar a dos guerreros elfos me di cuenta de lo lentos y débiles que eran. Psché, patéticos.
- ¿Donde está esa destreza élfica que todos temen? Ja ja ja ja! Vamos chicos, esto es pan comido!- grité. Para dar fuerzas nunca viene mal humillar al enemigo, y no daba mal resultado, ya que si todo seguía así ganaríamos esta batalla sin apenas bajas.

Un elfo oscuro que se dirigía contra mi recibió un brutal martillazo mágico en el pecho y cayó sin el yelmo al suelo. Kassel era rápido y mortífero de verdad. Al mirar el rostro al elfo recién abatido vi algo fuera de lo habitual…¡ No eran elfos! Eran humanos! Dios mío, estábamos masacrando esclavos humanos! por su aspecto estaban como drogados o hipnotizados, ya que hacían caso omiso al dolor. Por Sigmar, estábamos matando a los de nuestra propia raza.
Otro cuerno sonó, y las cosas se pusieron verdaderamente feas.
De pronto, salieron de entre sus tropas un grupo de las temidas elfas brujas, bellas mujeres mortíferas que danzaban como la propia muerte y portaban destrucción por doquier. Gritaron la famosa frase en su idioma que sonó más o menos como “¡Khaela Mensha Khaine!”, y se lanzaron a la batalla.

Al ver las hojas de sus espadas observé un destello verde y supe que estaban envenenadas. Estas cabronas devotas de Khaine, estaban poseídas por la sed de sangre y eran realmente jodidas, tal y como cuentan las muchas leyendas sobre ellas. Si no fuese poco por estas locas sádicas, también se unieron a la embestida enemiga los temidos ejecutores, comúnmente llamados verdugos. Eran diestros elfos de élite que blandían grandes espadas a dos manos, las llamadas “draich”, con la rapidez de un lince, y portaban una armadura pesada de placas que los hacía duros de roer.

Me documenté durante mucho tiempo sobre esta singular raza, y la verdad es que aún quedaba mucho por ver. Sabía que esos cerdos verdugos habían sido adiestrados para realizar golpes letales apuntando a los órganos vitales de sus enemigos, e incapacitarlos instantáneamente.
Rápidamente me puse a gritar órdenes ya que Von Kassel parecía algo aturdido ante las nuevas visitas:
- ¡Vigilad con esas zorras elfas, llevan veneno impregnado en sus hojas! Los otros cabrones son rápidos, así que no paréis de acometer hasta cansarlos!¡Quiero exploradores despejando las paredes de ambos lados del valle y apuntalando los cañones! Caballería a los laterales del ejército, sin entrar en combate pues podríamos necesitarlos en momentos cruciales!. Quiero un hechicero aquí a mi jodido lado y otro a retaguardia! Los disparos aquí no sirven, así que desenvainad y luchad por Sigmar!-

El Imperio luchaba con el corazón encogido de miedo ante semejantes enemigos, delgados y poco robustos, pero ágiles como demonios. Lo peor era saber que si te capturaban, sufrirías tantas torturas inimaginables que desearías la muerte a cada segundo.

Mis órdenes fueron recogidas al momento por los capitanes, que mediante estandartes y toques de trompeta fueron repartidas.
La batalla se volvió muy dura, pero les superábamos en número, aunque en un sitio tan estrecho no podíamos emplear el ejército al cien por cien. Los muy astutos sabían que veníamos, y sabían que al pasar por este valle nuestras fuerzas se reducirían. Era como un embudo mortal. ¿Qué más nos habían preparado esos bastardos?

Dos verdugos se dirigieron hacia a mí en mitad de la refriega y me embistieron con interminables estocadas que yo sólo podía desviar con la espada y el escudo, de seguir así un poco más de tiempo, acabaría muerto. Me costaba mucho repelerles y evadirlos, casi no veía sus golpes! De repente, oí un fuerte ruido y una llamarada de color rojo impactó en el pecho de uno de mis atacantes y quedó frito en una humeante mezcla de hojalata y carne. El otro verdugo atacante, sorprendido, miró a su hermano de raza muerto y aproveché para darle un golpe con todas mis fuerzas en la cabeza, de arriba abajo, partiéndole la cabeza como si fuese un melón maduro. Al girarme, di las gracias asintiendo con la cabeza al sacerdote hechicero que casi seguro me había salvado el trasero. Era un anciano que vestía con una gran túnica y tenía un libro en la mano izquierda y un martillo encantado en la derecha. Al devolverme el saludo, se unió a la refriega con implacable furor.
Mientras luchaba con fuerza, contra esos elfos, atisbé una rápida sombra por el rabillo del ojo, pero para cuando realmente me di cuenta de lo que era ya fue demasiado tarde. Entre verdugos se movía algo negro, oscuro y muy rápido, veloz como el viento, y por donde pasaba dejaba cadáveres humanos. Costaba seguirlo con la mirada, era increíble.¿ qué podía era eso? Me pregunté.

De repente, salió de entre la multitud una figura encapuchada con una capa negra y tres zarpas en un brazo. Atacó al general Kassel por la espalda y entonces lo vi. Un asesino del templo de Khaine. Despiadadas sombras casi invisibles, de frío temperamento y demente fe en su dios, eran capaces de todo. Mi general no lo vio, y tres punzantes hierros hendieron su piel, músculo y atravesaron su corazón.

El general… había caído.

Ante esa situación, yo quedaba al mando del ejército, y tenía que actuar como tal.
Corrí tanto como pude entre la confusión de la batalla e intenté embestir al asesino de un placaje de hombro, pero sus reflejos inhumanos le salvaron el pellejo. Al fallar mi objetivo perdí el equilibrio y caí sobre mi general muerto, dándole al asesino tiempo para saltar sobre mí. Al girarme, parecía que todo ocurría a una velocidad muy lenta; veía el rostro del elfo oscuro acercarse poco a poco desde el cielo, y esos ojos, unos ojos fríos y oscuros como una noche sin luna se acercaban a mi rostro, mientras saboreaban mi expresión de terror lentamente. Justo cuando estaba a punto de notar esas tres grandes zarpas entrando en mí se apartó de repente y pude ver como otra llamarada roja pasaba justo por el lugar donde antes había estado mi enemigo.

El hechicero había fallado. El asesino, no.

Un grito de anciano recorrió el aire y supe lo que había ocurrido. El maldito asesino, había llegado al hechicero sin que éste pudiese hacer nada. En ese instante, me levanté tan rápido como pude, solté mi actual equipo, y cogiendo el Martillo de Sigmar de mi general caído recé una plegaria a Sigmar, que me dio la velocidad del viento para poder llegar hasta el asesino. No oía nada del resto de la batalla, ni los gritos ni el ruido de las armas al chocar ni nada de nada, tenía los ojos encendidos de ira y todos mis sentidos se centraban en el elfo de la capa negra. El asesino, que sacaba las tres zarpas de la espalda del sacerdote no me vio llegar con una sobrehumana velocidad, ni tampoco al martillo brillante que se hundía en su caja torácica y le despojaba de todo signo de vida.
Saborear esa muerte me dio esperanzas, me dio fuerzas para alzar el martillo y gritar de puro frenesí. Otra vez de pronto, las esperanzas se esfumaron. ¿Por qué no se oían esos ansiados disparos de artillería?
Pude echar un vistazo a mi alrededor para ver que íbamos bien con la embestida del frontal, pero todo lo demás no tenía color. Arriba, en las colinas, exploradores humanos se habían trabado en un mortífero combate a muerte contra exploradores elfos, ayudados con los propios tripulantes de los cañones. ¡Mierda!

Eso no fue lo peor, por detrás se escucharon gritos de pavor, de terror y de miedo. Escalé una gran roca y pude ver qué ocurría. En retaguardia, al otro extremo de donde me encontraba se había unido a la refriega un centenar de gélidos, las potentes y feroces criaturas míticas domadas por los elfos oscuros. Esta potente caballería era la unidad más acorazada y prestigiada del ejército elfo, era un auténtico honor luchar encima de una de esas criaturas. Pero para eso estaba aguardando mi caballería, los preciados caballeros del lobo blanco. Mi mente repasó todas las posibilidades que tenía hasta que de mi boca empezaron a salir las órdenes:
- ¡Caballería pesada, a retaguardia! Herreruelos, subid a las malditas colinas y ayudad a los exploradores a despejar el camino para la artillería!
¡El frente, que siga avanzando con fuerza!
Al momento se dieron las órdenes precisas.
Al parecer, pocos se habían percatado de la muerte del general Von Kassel, pero aun así cada hombre obedecía mis órdenes sin dudarlo un momento.

De repente, un grito estremeció el aire y una sombra pasó por encima de todo el valle, una gigantesca sombra de algún tipo de bestia voladora. Al alzar la vista lo vi, dios mío, no me lo podía creer. La ancestral bestia más sagrada y única, la monstruosa Mantícora, montada por un jinete elfo oscuro. Este ser legendario era una feroz criatura de dimensiones descomunales, con cuerpo de león aumentado veinte veces, gigantescas alas de murciélago y una larguísima y gruesa cola de escorpión. Este ser podía combatir con los mismísimos dragones, ya que poseía su misma fuerza y constitución. Si la memoria no me fallaba, eran conducidos a la batalla por los temidos señores de las bestias, poderosos elfos nobles que tenían la habilidad de dominar a cualquier animal salvaje. Atreverse con una mantícora era un suicidio, pero ellos lo habían logrado. Semejante aberración no se dejaba mostrar fácilmente, así que usar una valiosa pieza como ésta significaba que a nuestro enemigo le quedaba pocas cartas para jugar. De nuevo se renovaron mis esperanzas, al tiempo que muchos imperiales se acobardaron y huyeron, pero los de corazón firme permanecieron únicamente sorprendidos.
-¡No huyáis devotos de Sigmar! ¡Tened fe en vuestro dios! ¡Regimiento de arcabuceros treinta y tres y treinta y cinco! ¡Apuntad a la bestia alada, a su jinete y a sus alas! ¡Derribadla como sea joder! – grité con todas mis fuerzas.

La descomunal criatura empezó a atacar a los herreruelos que cabalgaban por las laderas del valle para alcanzar a los exploradores y artilleros que combatían en lo alto. Así que los herreruelos no tenían otra opción que dispararle como podían.
Al bajar la mirada, vi como los arcabuceros ya habían cargado sus armas y apuntaban esperando mi señal de fuego. Pero algo más sucedió. El sol, que hasta ahora había presenciado toda la matanza se oscureció y se ofuscó tras oscuras nubes, cargando el aire de una pesada fuerza invisible. Alrededor de los arcabuceros que apuntaban se abrió el suelo y dejó ver un oscuro y pozo negro que se tragó a todos y cada uno de los imperiales, que con vista al cielo no se habían percatado. A gritos, poco a poco iban sucumbiendo a la gravedad y se dirigían al fondo del abismo, a las entrañas de la tierra, al corazón del infierno. ¡¡Maldita brujería!!
Allí estaba la dueña de tal suceso, una hechicera que levitaba entre sus tropas y estaba envuelta en una nube de irradiación y magia oscura. Bajando de la roca, me lancé a la carrera a por ella, con el martillo ardiendo de poder levantado en lo alto. Esa estúpida, que seguía levitando con una demoníaca sonrisa en su faz y un largo báculo en sus manos se percató de mi carrera y se dispuso a finalizarla. Uno, dos, tres…hasta siete oscuros rayos disparó la hechicera hacia mí mientras yo los esquivaba como podía, tanto los rayos como los elfos e imperiales que se enzarzaban en una sangrienta batalla. Cuando por fin llegaba hasta ella tropecé con un moribundo guerrero humano que se retorcía y supe que si caía sería mi fin. No podía permitirme darle ese valioso tiempo, así que arrojé el brillante martillo de Sigmar con todas mis fuerzas y logré acertarle en el abdomen. La elfa, que no se lo esperaba cayó al suelo escupiendo sangre y tosiendo con dificultad.
Me levanté, corrí a coger el martillo y acabé con su agonizante vida.

Al levantar la mirada vi que la guerra seguía su curso: la infantería no avanzaba, permanecía luchando en un voraz cuerpo a cuerpo. Los exploradores humanos y elfos continuaban igual. La caballería ligera, seguía disparando a la mantícora con la ayuda de la magia del sacerdote hechicero de retaguardia, y mas o menos las fuerzas estaban equilibradas. La caballería pesada de ambos bandos seguía dándose estocadas y acometiéndose con fuerza, pero los caballos imperiales no atacaban, los gélidos sí, y se permitían el lujo de partir por la mitad un torso humano. Los gélidos acabarían venciendo. Ahí es donde sonreí y saqué mi as de la manga.

- ¡¡Tocad el cuerno bretoniano!!- y así se hizo.
De repente, el suelo reverberó y un gran número de caballos de guerra bretonianos salió de la nada, y acometió por la espalda a los caballeros gélidos despistados. La batalla en retaguardia se volvió cincuenta veces más feroz y sangrienta.
Si todo seguía así, sólo era cuestión de tiempo acabar la guerra victoriosos.
Su comandante debía de ser un experimentado combatiente, pues guardarse lo más valioso para el final es algo muy arriesgado y peligroso.
De repente, cuando en el horizonte del frente despuntaron unas armas diferentes, unas altas y grandes armas de letal hierro mi corazón dio un vuelco... Esos hijosde…habían sacado la élite de la élite, lo mejor de lo mejor, la mismísima guardia personal de su rey, el rey brujo. Esta mortífera unidad era la llamada…Guardia Negra. La mismísima guardia personal de su rey Malekith. Era la prestigiosa unidad de élite donde sólo entraban los mejores guerreros, los más fríos y crueles elfos oscuros que existían. Iban a la batalla con una potente y larga alabarda, que blandían muy diestramente y vestían con una armadura parecida a la de los verdugos, pero ésta era de color negro azabache.

La infantería imperial, al ver esta unidad supo que portaba la muerte a todo aquel que se acercase. Muchos empezaron a retroceder presa del pánico, pero siempre sin dejar de combatir. Corrí y me uní a ellos en primera fila, encabezando el ejército imperial, grande y basto, que ahora contaba con muchos efectivos menos. Cuando recuperé el aliento pude gritar:
- ¡Hermanos, estos viles seres matan, esclavizan, torturan y queman todo lo que pueden! ¿Vamos a permitirlo? ¡Hoy Sigmar esta con nosotros! Que vuestra fe en él os guíe! ¡Gloriemos al imperio y a nuestro dios! ¡¡¡A la cargaaaaaaaaaa!!!-

Todos gritamos al unísono mientras cargábamos con renovadas fuerzas y espíritu reforzado. Algunos estaban cansados y/o heridos, pero mantuvieron la carrera hasta llegar a la mortífera y letal unidad. La mayoría ya sabía que iba a morir, pero en la academia fueron entrenados para dar hasta la última gota de su sangre. Algo de lo que uno se enorgullecía.

El choque fue brutal y muchos imperiales perecieron ensartados en las largas alabardas de los guardianes negros y otros más diestros peleaban a muerte con el enemigo. Realmente dudaba en la victoria de esta guerra, pero pensaba dar hasta la última de mis fuerzas para conseguirla. Una alabarda pasó zumbando junto a mi oído mientras pensaba e instintivamente me agaché y giré sobre mí mismo con el martillo dando un barrido a la altura de las rodillas. En el recorrido encontré una armada rótula, cuyo dueño cayó gruñendo dolor al suelo. Rematándolo de un golpe seco de martillo en el cuello desvié con la otra mano potente golpe de alabarda que hubiese sido mortal si mis entrenados reflejos no lo hubiesen visto. Acto seguido, di una fortísima patada en el estomago del elfo guardián y al llevarse las manos al estomago tracé un arco ascendente con el martillo de Sigmar, apuntando a la cara. El sonido de metal, carne y hueso craneal comprimiéndose me recordó que eran mortales y se podía acabar con ellos.

De pronto, un gritó ensordecedor de algún tipo de bestia grandiosa resonó en el aire, acompañado después por otro, dos, tres, incluso más gritos de este tipo. ¿Qué demonios podía ser eso? Al girarme la vi. La grandísima y mítica Hidra de Guerra. Un ser titánico procedente de las oscuras cavernas de las Montañas del Espinazo Negro. Es un ser armado de duras escamas y múltiples cabezas, provistas de duros y afilados colmillos, que escupen fuego y ácido. Era impresionante. Apareció por retaguardia sin previo aviso y comenzó a barrer caballería bretoniana con sus grandes mordiscos y lanzando un potente ácido correoso que deshacía la armadura del que la sufría. Joder! Esto se complicaba cada vez más! Corrí tanto como pude a retaguardia para poder ayudar, aunque poco podría hacer. Un mar de cadáveres se extendía a mis pies, tanto elfos como humanos, y supe que la batalla tocaría pronto su fin.
Al acercarme a la criatura observé que dos elfos con distinguidas armaduras ligeras y látigos domaban y dirigían a su criatura. Ése era su punto débil, atacar a los domadores. ¿Pero cómo? No me podía acercar lo suficiente a esos cobardes! Rebusqué en el suelo un arcabuz, un arco o una ballesta elfa, algo con lo que poder abatirlos a distancia. Pero la mayoría estaban inservibles debido a los golpes y pisotones de la refriega. Mi solución estaba delante; el gran hechicero que había destinado a retaguardia y disparaba potentes rayos de fuego al cielo, apuntando a la mantícora. Al llegar a su lado le ordené que apuntase a los domadores de la hidra y así lo hizo. Alcanzó a uno y el otro se escondió como una rata tras el gigantesco cuerpo de la hidra, ya que se dio cuenta que iban a por él. Al verlo, ordenó a la criatura que nos atacase. Con un grácil y rápido salto a un lado me salvé de la dentellada de una de las cabezas, que con facilidad partió al hechicero en dos. Todo estaba perdido, y si no fuera poco llegó a la batalla lo peor de lo peor.

El general enemigo.

Era un elfo oscuro corpulento, más alto y ancho de hombros incluso que un humano robusto, que iba ataviado con una larga capa negra con runas escritas por encima de una brillante y negra armadura. Una brillante corona en su cabeza determinaba que se trataba de un príncipe elfo oscuro, un experimentado y veterano general. En su mano derecha portaba un guantelete que irradiaba poder, de un material y color imposible de describir y sujetaba una larga espada con runas élficas brillantes grabadas en la hoja. En el brazo izquierdo portaba un gran escudo con la esvástica de un dragón que representaba su raza y al mismísimo rey brujo. Caminaba entre elfos con seguras pisadas y lento paso, que le caracterizaba como la propia muerte encarnada. Le grité un desafío y aceptó sin decir una palabra, sólo dirigiéndose hacia mí. Yo sabía que iba a morir, pero al menos intentaría llevarme la cabeza de su general a la tumba. Le esperaba en mi posición, no quería arriesgarme a acercarme a la hidra y a sus dentelladas.

Mientras musitaba una plegaria a Sigmar, mis ojos vieron algo imposible de creer; un capitán bretoniano salido de la nada cargó con su caballo de guerra contra el príncipe elfo oscuro por la espalda, y éste, sin ni siquiera mirarlo hizo una rapidísima finta, esquivando la lanza del bretoniano y la embestida del caballo. Después, el elfo golpeó rápidamente con su antebrazo derecho, protegido con el valioso guantelete en el torso del caballo y sonó un fuerte sonido metálico. La fuerza desatada por el golpe envió jinete y caballo un centenar de pies de altura y distancia, ¡como si no tuviese peso alguno!
Acto seguido, dirigió sus penetrantes y llameantes ojos hacia a mí, y siguió su camino en busca de mi muerte. Mi plegaria a Sigmar terminó y cargué contra él con todas las fuerzas que me quedaban.

Mi primer golpe iba dirigido a su cabeza, y fue bloqueado fácilmente con su gran escudo. Pero la fuerza del golpe y la magia del martillo sigmarita era tal que hizo su escudo añicos y el príncipe retrocedió ante el impacto. Se miró el brazo y al verse la sangre me sonrió con una sádica sonrisa, como si disfrutase del dolor que le producía la herida de su brazo. Al memento me acometió con rápidas estocadas con la espada mágica y yo sólo podía retroceder y desviar sus rápidos y fuertes golpes. Sabía que una simple estocada con esa espada con runas grabadas sería mi final, y así lo demostraban las chispas de colores que salían del roce de nuestras armas. Lancé una desesperada patada a la entrepierna del príncipe, y éste la vio con facilidad y la desvió con su rodilla. Pero eso era lo que yo quería y esperaba. Rápidamente alcé el martillo y lo bajé con todas las fuerzas que me quedaban en mis brazos. Supe que él también lo había previsto en el momento en que sonreía, se agachaba rápidamente y usaba su guantelete mágico como escudo. Demasiado tarde. El golpe me envió por los aires con un fuerte sonido al tiempo que mi martillo se quebraba y veía la guerra desde vista de pájaro con expresión de horror: en el frente, los guardianes negros estaban aniquilando sin piedad ni dificultad a los milicianos humanos. Sobre el valle, sobre las laderas pude ver cómo todos los herreruelos habían perecido y la mantícora devoraba tranquilamente un caballo y jinete. Los exploradores y artilleros yacían muertos bajo las espadas de los exploradores enemigos. La potente artillería imperial ni siquiera había podido ser disparada. Bajo mis pies veía como verdugos y elfas brujas causaban estragos en la milicia. La caballería del lobo blanco había sido aniquilada y los gélidos se saciaban con carne humana mientras sus jinetes intentaban domarlos. En retaguardia, la caballería bretoniana corría en llamas, yacía deshecha en un charco de ácido o acometían inútilmente a la hidra, sin apenas hacerle algún rasguño.

Supe que todo estaba perdido en el momento que caía en el duro suelo y un dolor frío y agudo se extendía desde mis costillas al resto del cuerpo con rapidez, y mis ojos se nublaban hacía la oscuridad más infinita.

Ahora, permanezco colgado de cadenas en una sucia mazmorra, torturado durante horas con el cuerpo destrozado, sabiendo que la próxima vez que sea visitado será mi final. Sólo espero que mi muerte sea rápida e indolora, pero sé que no será así.
Oigo unos lentos pasos que se acercan a mi mazmorra desde la lejanía... Ya vienen…mi muerte está cada vez más próxima… Los fríos y crueles Elfos Oscuros ya están aquí, los portadores de la muerte… han llegado.

By Danishark

No perdonaré ni olvidaré. Muerte y ruina a los hijos de Aenarion por todo aquello de lo que nos han despojado. (Malus Darkblade)

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9 años 4 meses antes #61173 por CaballeroGelido
La verdad, muy buen relato.
Solo te veo un error, has intentado meter todas las unidades EO en un mismo relato, exceptuando las basicas y eso lo hace un poco cargado, pasando lo mismo en el ejercito imperial

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9 años 4 meses antes #61175 por nazgul
esta mu bien as reflejado a la perfeccion la batalla excepto talvez lo de salir volando k me parece un poco gracioso

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