Morendil


Culto a la muerte.

Ante él se extendía una fría y grisácea estepa, con algunos matojos desperdigados irregularmente. En la lejanía, algún volcan en erupción bañaba de una tenue y rojiza luz el horizonte. Therimmar era un jóven Druchii que había sido destinado a las torres del norte. Él nunca había querido destacar en la guerra, pero ahora se encontraba perdido en la inmensidad de la frontera norte, preparado con otros tantos jóvenes dispuestos a morir por el rey brujo, voluntariamente o no.

Su destino era el que nadie deseaba. Defender las torres del norte de las huestes del caos y norses era una tarea de la que apenas diez de cada cien hombres sobrevivían. Había sido enviado allí por su padre, quien le desterró por no mostrar aptitudes útiles para la sociedad Druchii, y eso significaba merecer morir. “Los débiles como tu merecen la muerte”, le había dicho su padre alguna vez.

Allá en su Aargorath natal, una villa cercana a Har Ganeth, su padre era uno de los esclavistas más conocidos. Con dos hermanos que se estaban labrando al parecer un buen futuro en Naggaroth, él había sido humillado por sus semejantes por su inutilidad en Aargorath. Por eso se le envió a las fronteras; allí al menos su muerte sería útil para la nación. Demasiado joven aún, él sabía que dar muerte a los seres débiles era un pasatiempo agradable para sus congéneres, pero aún no habia llegado a entender el bien que llegaba a hacer esta “afición” a la nación élfica.

Tras haber recibido una buena formación militar con respecto a la lanza y el escudo durante el tiempo que había estado en aquella torre, ahora formaba junto a sus compañeros frente a una hueste del caos que prácticamente les doblaba en número. Entre las filas de ésta hueste se podían observar desde bárbaros berserkers armados con descomunales hachas de combate y protegidos con pinturas tribales, hasta los famosos guerreros del caos, unos rivales temibles cuyas negras armaduras otorgaban una resistencia que hacía dudar de su existencia terrenal.

En Cambio, las filas élficas apenas estaban compuestas por un par de unidades de defensores, escasas partidas de guerreros con ballestas, algunas máquinas de guerra y unos veteranos jinetes que habían acudido a la zona tras ver la resplandeciente luz rojiza que alertaba a las tropas amigas cuando se aproximaba un ataque. Entre estos guerreros, también se hallaba el encargado de la defensa de la torre, un joven Druchii al que su arrogancia y su pericia en combate había apartado de la carrera política en la corte de Naggarond para ser enviado a ése vil destino.

Viendo la cara de desaliento y perjudicial nerviosismo de sus hombres, el noble decidió intentar levantar el ánimo de sus hombres, a la vez que la oscuridad se hacía más densa al comenzar el avance de las tropas del caos.

-Sé que la mayoría de vosotros vais a morir. Se os ve en los ojos, no vais a sobrevivir a éstos guerreros que tenéis ante vosotros. Pero algunos de vosotros vais a sobrevivir; Siempre sucede. Siempre sucede porque nuestra raza es grande, y los que son valerosos de entre los nuestros sobreviven a la muerte de sus semejantes. Hacedme un favor: Que cada uno de vosotros crea que es mas fuerte que su compañero, y merece vivir más que el que tiene al lado. Luchad contra vuestros enemigos a la vez que os eleváis entre los que teneis a vuestro lado, y saldréis con vida de ésta torre.

-Dalakoi!!!- Chillaron al unísono los Druchii como respuesta y para ahuyentar el terror y el nerviosismo, a la vez que encaraban a sus enemigos con una decisión renovada.

Tras el grito de los Druchii, todo sucedió a una elevada velocidad, como si un tornado de sombras negras barriese todo el campo de batalla. Los primeros en caer fueron unos descomunales perros de caza, enviados por sus adiestradores para observar el estado de forma de su enemigo y sus puntos débiles. Éstos fueron barridos del campo de batalla por andanadas de saetas negras que procedían de las filas de los elfos. Tras ellos, explotó la tormenta, y con ella la muerte se apoderó de la batalla. Rápidos norses a caballo midieron su destreza sobre su silla de montar contra letales jinetes oscuros, que les diezmaron desde la distancia a la vez que impedían el avance a unos caballeros de fieros corceles y armaduras impenetrables. En el centro, avanzaban por igual los bárbaros berserkers que fueron castigados por el fuego enemigo y unos guerreros de una habilidad increible que, al llegar a trabarse con sus enemigos, los destrozaron con sus horrendas armas como si fuesen sacos de paja. Sin duda las predicciones eran reales: pocos escapaban con vida a los encuentros con las hordas del caos.

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Un elfo oscuro caminaba entre los cadáveres, sin rumbo aparente, conmocionado todavía por lo que acababa de ver. Tirado en el suelo encontró un escudo conocido, que recogió. No había asimilado lo que había ocurrido, pero sin duda aún seguía con vida, ya que su brazo izquierdo le dolía tras haber sostenido el escudo contra aquellos poderosos ataques. Entretuvieron a los incursores lo suficiente para que los refuerzos les dieran caza irrumpiendo por el flanco. Apenas un puñado de ballesteros y menos lanceros seguían con vida. Ahora la sangre de los combatientes cubría la estéril llanura.

Algunos caballeros gélidos y jinetes que acababan de llegar examinaban los cuerpos de ambos bandos, rematando a los que estaban aun con vida, ya fuesen elfos o adoradores del caos. Uno de ellos se acercó al elfo y se dirigió a él con autoridad.

-Gracias a la sangre de jóvenes guerreros permanecemos seguros- Dijo gravemente. El soldado se limitó a agachar la cabeza.

-Si consigues un caballo y mantienes nuestro paso dejarás este lugar. Los débiles han muerto ya. Reclutaremos más, pero vosotros vendreis con nosotros-

Fue esa noche cuando comprendí la grandeza de nuestra raza.