Recuerdos de un prisionero

- Hay tienes otro amiguito Khalieth!- la voz del guardia había resonado por toda la pequeña sala como el graznar de un cuervo que anuncia el pesar.

Me encontraba otra vez en la misma situación, un nuevo esclavo era traído a mi celda, solían hacerlo casi siempre al cabo del mismo tiempo, un mes y medio, el tiempo que solía tardar el anterior compañero de celda en morir, el tiempo que aguantaba un humano talando los altos pinos de Naggaroth antes de perecer.

Cuando el hombre aterrizó en el habitáculo hice lo que siempre hacía, un juego que se había convertido en mi único divertimento durante los años que había permanecido encerrado  en aquella odiosa sala. Lo miré de arriba abajo examinándolo tal y como hace un doctor a sus pacientes. Los hombros anchos y recios, las piernas fuertes y una mirada llena de odio, sin duda había combatido a sus captores hasta que estos le drogaron y trajeron hasta aquí. Seguí con mi habitual escrutinio y lo analice físicamente. A pesar de estar sentado pude calcular que era algo más alto que yo, lo cual era bastante ya que mi estatura rondaba la media élfica, tenía una constitución fuerte, hubiera creído que se trataba de un guerrero de no ser por sus callosas manos, las cuales delataban un pasado en el campo. Su mirada llena de rabia y odio me condujo hacia unos ojos color miel, por un momento pensé que quedarían bien en la empuñadura del cetro de un rey, siempre y cuando mantuviesen aquel brillo especial que tenían, como la llama que se aviva más antes de apagarse definitivamente, ya que aquel pobre infeliz aún no se podía imaginar lo pronto que llegaría su muerte, y lo que es peor, seguramente, aquel humano jamás había pensado en desear su propia muerte lo que jamás dude que haría después de verse sometido a las crueles torturas a los que eran sometidos casi a diario para satisfacer la diversión de nuestros captores. Por último mis ojos se dirigieron a su pelo, una melena caía sobre su cara ocultando ambos lados de su tez con un manto negro como una noche sin luna.

“Dos meses” pensé sin dejar de mirarlo. Ese era el tiempo que le daba antes de que acompañase a sus antecesores. Sin dejar de mirarlo escuche las pesadas pisadas de los guardias de nuevo, traían nuestro gran banquete, un trozo de pan y otro sabroso trozo de carne. Sin pensármelo cogí el mendrugo de pan y vi como el humano cogía la carne y la devoraba en cuestión de segundos. Le sonreí y me miró extrañado, hasta que comenzó a comprender porque yo ni siquiera había intentado cogerla. Aquel muchacho comenzó a retorcerse agarrándose su garganta, primero la rascó, luego la arañó hasta que su sangre comenzó a manar por entre sus dedos. Desde las rejas dos druchiis carcajeaban ante el sufrimiento de aquel hombre, yo también esbozé una sonrisa desde la sombra. Ese fue el primer y “divertido” juego al que se vió sometido el recién llegado, cada día había que tener cuidado incluso al comer, ya que muchos de los alimentos que nos traían solían estar envenenados con el fin de irritarnos la garganta o hacer que nuestros órganos se agitasen dentro de nuestro cuerpo, venenos que no eran mortales pero que causaban gran sufrimiento al que lo ingiriese.

La noche llegó al poco rato de el último suceso, o al menos eso supuse, ya que la celda solo era un pequeño habitáculo de menos de un metro y medio de alto, y más o menos la misma anchura y profundidad. Ni siquiera había una ventana en la que mirar al exterior, tan solo unas paredes grises como un día de lluvia y unos barrotes mohosos y fríos (aunque quizás no más que las paredes) deteriorados por el paso de los años. Pude adivinar que la oscuridad engullía a la luz gracias al ronronear de los gelidos, que acababan de caer en un placido sueño, a unos pocos metros de mí, en un establo por el que pagaría con mi alma antes de estar encerrado en aquella jaula que incluso las ratas rehuían. Pronto caí en un sueño ligero, aunque durante toda la noche pude escuchar el tiritar del hombre que me acompañaba, quien, como pude adivinar por las ojeras del día posterior, ni siquiera había dormido en toda la noche.

Me desperecé y me levanté antes de la entrada del alba, antes de que llegarán nuestros guardianes, que no tardaron en hacer acto de presencia, con uno de los látigos fustigaron a mi compañero quien les insultó en Reikspiel antes de ponerse en pie.

- Vemos que aún no has aprendido modales – comenzó el guardia que acababa de azotarle -, todas las mañanas te levantarás antes de nuestra llegada si no quieres que tu brazo derecho sirva de almuerzo a uno de los gelidos, y ahora, andando, os espera una agradable jornada en el campo – el elfo concluyó con una sonrisa en su cara y comenzó a andar detrás mía y del humano mientras no cesaba de chasquear el látigo.

La mirada de nuestro día de campo era realmente sobrecogedora. Los altos pinos nos esperaban majestuosos, como si nos miraran orgullosos desde nuestras altas posiciones. Abajo nos apiñabamos como podía más de dos centenares de esclavos, conducidos por un par de docenas de druchiis armados con látigos y espadas, quienes nos trataban peor que a las bestias, pues para ellos eso éramos, simples bestias.

Quizás yo me podía considerar afortunado en aquella situación, si podía llamar fortuna a mi desdicha. Gracias a haber sido un noble druchii hasta hace algo más de un lustro las tareas más pesadas eran ordenadas hacia el resto de esclavos humanos, y de otras razas menores, y por supuesto a los siempre odiados asur, aunque estos solían ser torturados por el maestro de armas casi a diario para regocijo del comandante que residía en nuestro campamento. Así que yo tan solo tenía que pasar los días alimentando a los gélidos, recogiendo sus excrementos o limpiando las armas y armaduras de los guerreros, aunque también había días que tenía que talar, y ese día era un de ellos.

Pronto me di cuenta de que aquel nefasto día tendría que trabajar, justo cuando uno de los druchiis me dio un hacha y me encadenó a mi compañero de celda, sin dejar de mostrar una lacónica sonrisa. Ese día fue el comienzo del fin de mis privilegios, al parecer ya no tenían en cuenta que pertenecía a los suyos, pasaron las semanas y mi forma física menguó a la par que la de mi compañero de celda, a las dos semanas comencé a desear la muerte antes que volver al día siguiente a una dura jornada de dieciocho horas bajo el sol abrasador, sin un segundo para descansar, sin cometer ni un fallo, ante la atenta mirada de los esclavistas que no dudaban en fustigarte cuando no hacías algo bien, es decir, siempre que les apetecía oír un sonido lastimero. Fue en esta situación,  tras haber adelgazado más de treinta kilos cuando mi compañero de celda me habló, lo recuerdo perfectamente, era su vigésimo tercer día, de mis días encerrado ya había perdido la cuenta hace mucho. Era un noche cálido y acabábamos de llegar de otra agotadora jornada. Tenía las muñecas resquebrajadas por el dolor de las cadenas y los músculos completamente doloridos, tan solo deseaba el confortable abrazo de un sueño, a pesar de tener como única cama el frío suelo de la celda. Pero esa noche el humano que dormía a escasos centímetros de mí estaba especialmente molesto, no en vano los esclavistas se habían cebado con él, por culpa de su tozudez al no querer gritar de dolor al recibir los azotes de estos.

- ¿Hablas mi idioma? – comenzó a decir el humano mientras se incorporaba, yo tan solo asentí con la cabeza, sin abandonar la posición fetal en la que me hallaba tumbado – Bien, entonces supongo que serás uno de esos elfos que viven en la tierra de Ulthuan, tengo que decirte que…

- Vuelve a compararme con uno de esos malditos y considerarás una bendición las torturas de el mayor maestro de esclavos de Karond Kar – contesté iracundo mientras abandonaba mi postura y me incorporaba, mirándole desafiante.

- Pero… entonces que eres, no creo que estos piratas se hayan adentrado hasta el bosque de los elfos.

- Seguro que quieres saber quien soy, bien, soy un elfo de las tierras de Naggaroth, hasta que me encarcelaron surcaba los mares violando mujeres y saqueando aldeas, y cada vez que desembarcábamos capturábamos un centenar de esclavos, orgullosos hombres como tú, o asquerosos elfos con los que me has comparado, sí, ese “tipo” de elfo soy yo.

Cerré los ojos y volví a recostarme, quizás en ese momento no estaba en posición de enorgullecerme de mi raza, ya que mis propios hermanos me habían encarcelados, pero no pude evitar volver a sentir el regocijo de ser odiado por unos crímenes que hacia mucho tiempo que no cometía, demasiado tiempo.

A pesar de tener los ojos cerrados noté como el humano me miraba con una mezcla de ira e intriga, ira por ser como los que le habían apresado, e intriga por intentar conocer como había acabado alguien como yo aquí, esa intriga que solo pueden poseer los humanos, y por una vez en mucho tiempo me dormí con una sonrisa de satisfacción al saber que el humano debía de estar reconcomiéndose por dentro intentando averiguar todo sobre mí sin ser capaz de saber ni lo más mínimo.

A la mañana siguiente note como trataba incluso de mirarme o de tener el mínimo roce conmigo, a pesar de estar encadenado, pero gracias a mis agudos sentidos notaba como me observaba con interés siempre que yo volvía la espalda. Ese día fue la jornada más dura en todo el tiempo que llevaba allí. Acabábamos de talar el pino que hacía un centenar, y nos obligaron a subirlos todos en los carros que los llevarían a su destino. Aunque estaban cortados en trozos para facilitar su transporte cada trozo parecía pesar como un arca negra, y para agilizar el trabajo los guardianes no paraban de fustigarnos. Por primera vez en mi estancia allí desee escapar, pero yo antes había estado del lado de ellos, y sabía con certeza que intentar escapar sería una muerte segura, y lo que es peor, agónica y terrible. Lo que nunca pensé fue que el destino me sonreiría una vez más, aunque quizás su sonrisa no fue muy prometedora, sino más bien una sonrisa cruel, como si alguien se estuviese divirtiendo a mi costa.

Aún faltaban tres semanas para que la muerte que le auspicie al muchacho se llevase acabo cuando comencé a pensar en mi propia muerte. A pesar de llevar encerrado mucho más tiempo que ningún otro esclavo jamás había concebido mi mente tal idea, pero en esos momentos de fatiga y dolor el recuerdo del fin me lleno de angustias y amargura. La muerte se cernía sobre mí por medio de su más leal mensajero, él reconcomía mis entrañas y hacía que me retorciese de dolor a todas horas, él era quien no me dejaba dormir por la angustia que se aposentaba en mi entrañas, y él era el que día a día iba consumiendo mi espíritu y mi cuerpo a la par. Su nombre es conocido por todos los pueblos, y siempre viaja junto a la desesperación, todos coinciden en que hay muchos males, pero el peor de todos quizás sea el hambre.

Las jornadas agotadoras bajo el sol junto a la falta de comida estaba haciendo que tanto yo como mi compañero de celda comenzásemos a perder peso casi diariamente. Había perdido ya treinta en poco más de un mes, y mi antes fornido cuerpo no era más que un saco de huesos cubierto por una fina capa de piel que no hacía sino acrecentar mi apariencia de desnutrido. Mi cara parecía una parodia de la muerte, con todos los huesos marcados y totalmente blanquecina, y mi cuerpo no ayudaba a desmentir tal afirmación. A pesar de lo que se pueda pensar yo sí entendía los motivos de esa precaria alimentación. Muchos podrían pensar que les convenía más tener a unos esclavos fuertes que trabajasen mejor, pero yo, que había estado al otro lado, los comprendía. Con unos esclavos en tal forma era imposible que siquiera intentasen sublevarse, ya que el mero hecho de alzar la voz podría costarles la muerte.

Ya ni siquiera me molestaba en jugar a mi particular juego con los nuevos que llegaban, tan solo me obsesionaba en mi mismo, y comencé a calcular lo que me quedaba a mí por sufrir. Al principio pensé que esta situación pronto terminaría y volvería a tener mis privilegios que tenía antes, pero más que un pensamiento era un deseo, ya que eso no ocurriría, después me entretuve los días pensando en el porqué de este cambio de comportamiento hacia mí, pero pronto hallé la respuesta.

Faltando dos semanas para que pudiese comprobar si mi augurio se cumplía tuvimos el “placer” de contar con la visita del comandante del campamento. Yo ya estaba acostumbrado, lo hacía siempre que los árboles estaban listos para marchar a su destino, siempre lo mismo. Debíamos mantener la cabeza contra el suelo y recibir cada uno dos latigazos de manos del comandante, ese era su divertimento particular, “Uno por lo poco que trabajáis y otro por lo mal que lo hacéis” solía decir en un burdo idioma que pretendía asemejarse al Reikspiel. Yo no si quiera me dignaba a mirarle a la cara, pues ya lo había visto mucho antes de que consiguiese su puesto aquí, antes de que yo fuese traído aquí, pero esta vez algo me impulsó a mirarlo, quizás fue por la cara que puso mi compañero cuando lo miraba, o quizás porque presentí algo, lo cierto fue que me lleve una gran sorpresa al ver al comandante, y comencé a comprender.





Capítulo 2

Hacia mucho tiempo que no le veía. Sus oscuros cabellos caían sobre sus hombros placidamente, sus ojos inspiraban temor a aquel que lo mirase, y su pálida piel era un fiel reflejo de lo que debía de ser la muerte, totalmente tersa e inmaculada salvo por una cicatriz, que iba desde la comisura de la esquina derecha de su labio inferior hasta debajo de la oreja de su diestra, que no hacía si no incrementar el terror que emanaba. Era bajo para ser un druchii, por ello siempre fue motivo de mofa entre el resto de nobles, y nunca había podido vengarse de ellos en un duelo porque, a pesar de ser superior a muchos humanos y druchiis en el manejo de la espada, la mayoría de los nobles de Har Ganeth no tendrían dificultades en matarlo en un duelo. Pero si alguien sobrevivía en nuestra sociedad no era por ser débil o fuerte, si no por ser listo y perspicaz, cualidades que no le faltaban al ahora comandante de nuestro campamento, él había llevado gracias a sus artimañas a nuestra casa a ser una de las más importantes en la ciudad de los verdugos, él era mi hermano.

Por su culpa me hallaba en prisión, aunque más que por su culpa fue por mi inocencia, rasgo que alguien de mi raza no puede permitirse. Pero, sin bastarle el haberme metido en prisión ahora seguía persiguiéndome para atormentarme incluso encerrado en esta nefasta jaula para bestias.

Un latigazo me sacó de mis pensamientos, uno de los guardias me ordenaba que me pusiese en pie, al alzar mi cabeza allí se encontraba justo delante mía mi tan amado hermano, era él quien quería mofarse de mi situación. “Levántate ante el comandante” repetían constantemente los guardias pero yo no me tome ninguna molestia en darme prisa. Cuando lo hice me acerqué a él y comencé a hablar en nuestro idioma, con el fin de que los humanos allí presentes no entendiese nuestra conversación.

- ¿Qué haces aquí Hitsari? Dudo que hayas venido a verme…

- ¡No puede uno venir a ver a su querido hermano! – Hitsari habló en Reikspeil, e incluso alzó la voz al decir hermano, ahora todos los humanos de allí comenzaron a mirarme con odio, como uno de sus captores en lugar de cómo un prisionero más.

- Sé que quieres algo, si no porque haberte molestado en venir hasta aquí, dime que es – comencé a irritarme, odiaba que mi hermano me ocultase algo, y sabía que ahora tenía un secreto en el que yo tenía algo que ver, no le importaría matar a su propia madre por conseguir algo a cambio, así era Hitsari.

- Solo vengo a ayudarte hermanito – el druchii se acercó a mi oido -, mañana una expedición de hombres lagarto atacará el campamento, no habrá nadie en el sur, escapa hacia allí y después vuelve a casa con nosotros, tu familia te espera.

Dicho esto el noble volvió a montar en su corcel y se fue sin siquiera dirigirme una mirada, aquello era inaudito, mi hermano me estaba ayudando, era imposible. Sabía que me estaba ocultando algo pero por ahora no podía hacer mucho, solo esperar a que la promesa de Hitsari fuese cierta y si así fuese escapar de este apestoso campamento, algo iba a ganar, aunque quizás después fuese a perder mucho más.

…..

..

Dándole vueltas a la cabeza llegó un nuevo día, como cada día los guardias nos despertaron y nos encadenaron a cada uno a nuestro compañero, como cada día nos llevaron a talar, y como cada día nada ocurría. El sol ya bajaba por el horizonte, los últimos rayos de cálida luz se filtraban entre las altas copas de los pinos, y pronto serían reemplazados por los mortecinos rayos de las dos lunas. Mi hermano había vuelto a jugármela, había hecho que me ganase varios latigazos, ya que estaba constantemente mirando indicios de alguna posible invasión, pero lo más anómalo que hubo fue que un pajarillo escapó a las saetas de un guardia aburrido.

Comenzaban a conducirnos a nuestras celdas cuando la voz de alarma se produjo desde cerca de los establos de los gélidos, alguien los había hecho salir y en la confusión comenzaron a salir de los árboles unos pequeños lagartos que caminaban a cuatro patas, parodias de elfos o humanos pero mortíferos como serpientes enfurecidas. Disparaban por unas pequeñas cerbatanas unos dardos diminutos, lo suficiente como para matar a un guardia con cada uno de ellos. De las torres comenzaron a salir guardias, los jinetes oscuros ya cabalgaban a lomos de sus corceles, y ballestas y lanzavirotes comenzaban a ensombreces el cielo con sus proyectiles, la escaramuza no duraría mucho, tan solo lo suficiente como para que yo escapase.

Pegué un tirón del hombro de mi compañero de celda, quien había quedado paralizado ante la visión de las horrendas criaturas, y comencé a correr hacia el sur, casi llevándolo a rastras.

- ¿A dónde vamos? – gritó.

- Al sur – fueron las únicas palabras que brotaron de mis labios.

Huimos por el bosque durante varias decenas de metros antes de que nos encontrásemos con uno de las criaturas, quien produjo un sonido gutural (a lo que no podía llamarse idioma) y se lanzó hacia nosotros. Cogí el hacha mellada y oxidada que nos daban para trabajar y adopté la mejor posición de combate que recordé. El humano trato de imitarme torpemente. El saurio nos atacó con una rudimentaria pero efectiva arma de piedra, su fuerza era mucho mayor a la mía, y ahora más en mi precaria situación, pero yo confiaba en ser mucho más veloz que él.

Cuando faltarían unos dos metros para que nuestro agresor pudiese atacarnos me tiré al suelo con las piernas por delante, golpeando en sus tobillos y desequilibrándolo, en ese momento le hice una señal al humano y este golpeó con su desvencijada hacha al lagarto, el hacha se hundió en el brazo de la criatura y comenzó a manar de él una espesa sangre. Pero el saurio se levantó. Ahora estaba a pocos centímetros nuestra, podría incluso mordernos si así lo quisiese, y al ver que sus puñetazos eran demasiado lentos así lo intentó. Su primer intento casi pilla al humano desprevenido, y en el segundo tuve que interponer mi hacha entre su boca y mi cuerpo, y el mango de esta cedió completamente ante la acometida del saurio. Ahora nos encontrábamos sin armas ante el descomunal lagarto y no dudo que hubiésemos muerto si una saeta no se hubiese clavado en la yugular.

Miré hacia el horizonte y pude distinguir la silueta de mi hermano, pero su ballesta disparó dos veces más. La primera saeta clavose en mi pierna y la segunda en el brazo de mi compañero. A los pocos segundos, mientras gemíamos ambos de dolor en el suelo otra saeta surcó el aire hasta encontrarse con un árbol, en la saeta había un mensaje de mi hermano.

“Querido hermano,

He tenido que tomar algunas precauciones para que cumplas la misión que ahora te encomiendo. Tendrás que viajar al sur, hacia un asentamiento humano, en el un siervo mío se te presentará y te acompañará en barco hasta Mariemburgo, desde donde me traerás un paquete especial. No pienses que te puedes negar, ya que un veneno del que solo yo tengo el antídoto corre por tus venas, y si en un mes no me traes mi paquete quedarás ciego, si transcurre otro mes más morirás agónicamente, por cierto, llévate también esa mascota humano que tienes atada al brazo, así tendrás con quien descargar tu ira.

Tu hermano Hitsari”

Después había un par de runas grabadas con sangre, la firma de Hitsari. En ese momento sonreí, por fin sabía lo que mi hermano quería de mí, pero ahora las preguntas se multiplicaban dentro de mi cabeza. ¿Por qué debía de ir yo? Tenía muchísimos criados que lo harían, y porqué partir desde un puerto en tierras de Lustria, había cosas que aún no entendía, así que comencé mi travesía, quedaban treinta días para que la oscuridad absoluta embargase mis ojos, y no estaba dispuesto a perder la visión por un absurdo jueguecito de mi hermano.