El aire silbaba entre las copas de los árboles. Los matorrales se mecían al compás de las brisas. El cesped ralo del claro ondeaba y danzaba. Por lo demás, todo era calma. No era noche cerrada; aún había algo de claridad en el horizonte, allá lejos, entre las montañas nevadas, donde moría la claridad del día. Ahora era la oscuridad la que dominaba el cielo y las estrellas hacían de lentejuelas de un firmamento sin nubes.

El viento se paró. El bosque se quedó en calma y el silencio se adueñó por momentos del paisaje. Las botas metálicas de Wilhelm hacía que la gravilla y la tierra cruijera debajo de su imponente pisada. Iba de un lado a otro, en actitud paciente. Él siempre había mantenido su palabra y se iba a quedar esperando al maldito elfo, vaya que si lo iba a hacer. Venía vestido con su mejor capa de seda negra, adornada con pliegues de lino dorado e hilos plateados. La cota de malla relucía a la luz de la Luna, llena y sin nubes que enturbiasen su visión sobre el Viejo Mundo. El yelmo, bien pulido y cuidado, iba decorado con diferentes gemas que parecían tintinear cada vez que la Luna las miraba y despedían destellos aquí y allá, según la cabeza de Wilhelm iba de un lado a otro. Portaba en su cinturón de cuero negro una espada, cuya hoja estaba adornada por runas talladas y cuya empuñadura mostraba el busto de una dama elfa, con los ojos topacios diminutos que siempre permanecían encendidos.

Wilhelm empezaba a perder la paciencia y resoplaba sin cesar, como n caballo que no ha sido alimentado:

- Maldito elfo cobarde. Ya decía yo que no se iba a atrever a medirse conmigo después de lo que me ha hecho pasar. ¿Dónde diantres estará?

 

- Justo detrás de ti.

El portador de la voz, cristalina pero a la vez punzante, era un elfo alto y espigado, de ojos brillantes y cabellos rubios que llevaba recogidos en una coleta. Vestía un atuendo de cuero verde, con pantalones del mismo color y una capa marrón que hacía que no se distinguiera bien su silueta entre las sombras del bosque.

- ¿Y bien, querido señor Wilhelm, rezongando como de costumbre?


- Sí, por la tardanza de un alto señor como Vos, señor Nasardil


- ¿Tardanza? – se burló el elfo – Nada más lejos de la realidad, mi Señor. Dijimos a la caída del Sol, que yo sepa vengo incluso algo pronto.


- Pronto no, desde luego.


- Bueno, tal vez su ansia por degollarme y colgar mi cabeza en su Salón de Trofeos le haga ver el tiempo de una forma un tanto corta – dijo el elfo. Desde luego, Wilhelm estaba más que harto del humor agudo de su contrincante.


- Tal vez por eso crea que tu vida toca a su final – añadió con bravuconería.


- Ah, las dulces chanzas de antes del combate. Humanos, no podéis ser más repetitivos. Me aburrís... – seguidamente, bostezó y se estiro. En un movimiento rápido como la brisa que había vuelto a soplar intensamente, el elfo sacó de un bolsillo invisible una daga minúscula y la lazó contra su adversario.

Wilhelm estuvo lo bastante despierto como para hacerse un lado y esquivar el mortífero misil, que se quedó encallado en la corteza de un viejo alcornoque que tenía a su espalda. Pestañeando todavía por la rapidez de su contrincante, Wilhelm desenvainó la espada, la cual lanzó un rayo de luz sobre la cara de su enemigo, cegándole por unos intantes.

Wilhelm, animado por ese golpe de suerte, cargó contra el elfo momentáneamente indefenso. Nasardil estiró las orejas y sintió las fuertes pisadas del humano acercándose a toda velocidad. Oyó cómo la espada descendía, rasgando el aire. Con un movimiento de muñeca, hundió su mano en la capa y sacó una espada dorada, sin adornos ni en la hoja ni empuñadora, pero que emitía un halo de fulgor dorado, y paró en seco el golpe, haciendo saltar chispas de las templadas espadas, si bien su brazo se quedó algo estático por la brutalidad del choque.

Wilhelm estaba hecho una furia. Su espada ascendía y descendía, arremetiendo constantemente, buscando un agujero en la defensa del elfo, agujero que no encontraba. Nasardil esquivaba todos los golpes o los detenía con su espada. Hasta ahora se había contentado con defenderse, pero llegado el momento atacó.

Wilhelm no se controlaba más; su odio por ese elfo que no conseguía caer le estaba llevando a una ceguera marcial. Sólo quería asestarle un golpe al elfo mequetrefe y limpiar así su honor. En una arremetida, la espada de Nasardil se le cayó de las manos entumecidas. Wilhelm vio la oportunidad de llevarse el combate y corrió hacia su adversario. El elfo, con toda parsimonia, fintó el golpe con el mandoble que le asestaba el humano sin dejar de correr y puso un pie en su trayectoria. Wilhelm, demasiado afectado por la inercia de su carrera, tropezo con la piernecita del elfo y cayó al verde suelo, donde fue a estrellarse contra una roca, quedando inconsciente. Jamás se despertaría de nuevo.

Nasardil limpió la daga que había servido para degollar al torpe humano y la guardó de nuevo en su bota. Seguidamente, cogió su dorada espada y la pisó, haciéndola crujir. Después se encaminó hacia el cadáver del que fuera Wilhelm Gursdag y cojió la espada élfica que había quedado en el suelo, olvidada. La limpió de tierra y la guardó en el mismo sitio de donde había sacado su antigua espada, que yacía quebrada: en el mismo aire que hacía ondular su capa marrón. Le dirigió una última mirada a su adversario muerto:

- Bien, mi Señor, creo que habéis perdido.

Dicho esto, giró sus talones y se internó en la ya completa oscuridad del bosque. El viento, indiferente a los acontecimientos que acababan de suceder, seguía soplando y moviendo las hojas de los árboles.