“... ¿Por qué? ... ¿Por qué? ...” En mi mente seguían resonando esas palabras, que salieron de mi boca producto de la frustración y del dolor que experimentaban mi corazón y mi alma.

Edward y yo nacimos el mismo día y casi a la misma hora. Él era mayor aunque yo más fuerte. Vivíamos en granjas vecinas y nuestros padres eran amigos íntimos y se conocían de toda la vida. Siempre estábamos juntos.

Edward y yo no éramos ni hermanos ni primos, pero éramos almas gemelas. Lo sabíamos perfectamente y, como buenos amigos que éramos, nos protegiamos mutuamente. Todavía me acuerdo de cuando nos peleabamos con los otros chiquillos cuando nos mudamos a la ciudad; casi siempre se metía él en los líos y yo le sacaba de ellos. Posiblemente, de ahí vino mi actitud protectora que siempre tuve hacia él.

“... ¿Por qué? ...”

Al llegar a la adolescencia, como todos los jóvenes, nos alistamos en el Ejército. Pronto destacamos por nuestras habilidades militares: yo con la espada y Edward, según el Capitán, tenía tan buena puntería como un soldado veterano. Rápidamente fuímos ascendidos a Sargentos de nuestras respectivas unidades y estabamos orgullosos de nosotros mismos. Hasta ese día...

“... ¿Por qué? ...” Seguía atormentándome mi propia voz, grabada en mi memoria como un recuerdo a la vez doloroso y duradero.

Ese día un gran número de no-muertos atacó la ciudad. Mientras iba a reunirme con mis hombres me crucé con Edward y nos despedimos rápidamente dándonos suerte mutuamente. Sabíamos que nos iba a hacer falta. Él llevaba su flamante rifle, el mismo rifle que le había regalado mi padre, uniendo nuestros lazos de amistad todavía más. Sólo lo usaba en batallas importantes y con él no erraba un tiro. No se sabía que tenía ese rifle; parecía que había sido fabricado para él. Lo tenía siempre limpio y preparado para la lucha... tal y como estaba ahora.

Me dirigí a lo alto de una muralla donde me esperaba mi unidad y desde allí pude contemplar un panorama desolador. Cientos y cientos de cadáveres se agolpaban dirigiéndose hacia la ciudad. Los esqueletos avanzaban sin inmutarse, sin pestañear, sin quejarse... tan sólo el repicar del hueso contra hueso. Numerosos zombies se arrastraban torpemente, algunos tan recientes que se les podían identificar fácilmente y más de uno se hechó a temblar. No dudábamos que se trataban de habitantes de las granjas vecinas. Murciélagos enormes sobrevolaban nuestras cabezas, esperando la orden para atacar; estaban lo bastante lejos para eludir las flechas de nuestros arqueros. Unos esqueletos mejor armados y protegidos con armaduras podridas mantenían las líneas y avanzaban en una imperturbable formación. Cuando uno caía por una flecha valerosamente lanzada, la formación no se rompía: seguían fijos con sus cuencas oculares en la muralla. Se hubiese dicho que habían seguido una instrucción militar en toda regla. Seres sin forma ni color abanzaban en una burda danza de ropajes fantasmales. Incluso se llegó a ver un carro funerario tirado por caballos esqueleticos como una sombra de una presencia sobrenatural y de un presentimiento de muerte.

Me quedé lívido mirando por lo alto de la muralla, paralizado por el miedo. El espectáculo que se veía ante mí parecía como si me arrastraran hacia ellos, reuniéndome en su no-vida, sintiéndo el frío de la muerte, ansiando el calor de la carne de los vivos...

- Chico despierta!!! Tu unidad tiene trabajo. La zona este ha caído!!! Muévete!! Vigila que esos repugnantes montones de huesos no penetren en la ciudad.

La imperiosa orden del capitán me despertó bruscamente. No lo pude creer: en mi adormilamiento no había sido consciente del paso del tiempo. Puede que me quedara horas mirando la llanura que se extendía hacia lo lejos. Tirité levemente: se diría que hubiese estado caminando en el mundo de los no-muertos. Volví al mundo real, asentí con un leve cabeceo y dí una orden clara a mis hombres:

- Señores, debemos defender el lado este a toda costa!!

Me dí la vuelta y miré hacia la zona que debía proteger. Entonces mi ojos se desorbitaron. Ví como una unidad entera de arcabuceros huía presa del pánico delante de un imponente vampiro, pero el Sargento que la comandaba se quedó sólidamente en su puesto. Reconocí a ese Sargento: era Edward. Me lancé a correr hacia donde estaba mi amigo, mi hermano, rezando a Sigmar que lo protegiera. El vampiro fijó la vista en Edward y sonrió: había elegido a su presa.

Edward no se inmutó. Aguantó muy bien el tipo y controló el miedo que le debía de tener sobrecogido por los churretones de sudor que rodaban por sus sienes. Cogió su rifle, el rifle de mi padre y que ahora le pertenecía. Apuntó detenidamente al vampiro en la cabeza y apretó el gatillo. Por su mirada deduje que había sido un tiro certero: no fallaría, pero no aminoré el paso. Había olvidado a mi unidad hace tiempo. Pero la bala no llegó a su destino. El ser sobrenatural, haciendo un repentino giro, habia evitado la muerte. ¿Cómo podía haber sucedido algo así? Edward nunca fallaba con ese rifle. El rostro de felicidad de mi compañero cambió instantáneamente a uno de sorpresa y de sobrecogimiento.

- Huye!!! Sal de ahí!!! – le grité tan alto como pude para hacerme oír entre el estruendo de la batalla.

Edward giró la cabeza hacia a mí. En su rostro estaba pintada una expresión de tristeza y de disculpa. Esbozó una triste sonrisa cuando me vió por última vez. El hecho de que me mirara le salvó de ver como el  Conde Vampiro cercenaba de un limpio golpe su cabeza.

“... ¿Por qué? ...” Al recordar esto el sonido se hizo doloroso. Me martilleaba en la cabeza, como un calambre recorriendo mi cerebro.

El mundo se paralizó, y yo con él. Miraba atónito la escena, impotente. Un odio profundo invadió mi cuerpo con una descarga de adrenalida que no pude controlar. La descarga de adrenalina que recorrió mi cuerpo hizo que saliera a correr en dirección al vampiro, ignorando los gritos de los heridos, el entrechocar del acero e incluso mi propio cansancio. El no-muerto levantó los ojos hacia mí y se puso en guardia. Detuvo mi arremetida con su escudo y lanzó un golpe contra mi costado desprotegido, produciendo una herida profunda. No me inmuté: estaba sangrando abundantemente pero mis cinco sentidos estaban puestos en una misma diana. Al ver que su golpe no producía efecto aparente en mí, el vampiro me lanzó una estocada directamente al corazón. Esquivé el golpe mortal con un movimiento ágil y hundí mi espada en la carne del monstruo traspasándole con mi acero de parte a parte a pesar de su protección.

La cara del vampiro se tornó en una expresión de increíble dolor y el grito sobrenatural que salió de su garganta se extendió por el campo de batalla al tiempo que su ejército iba descomponiendo poco a poco y él mismo se volatilizaba como una especie de silueta oscura que incomodaba al aire. Los esqueletos se desplomaban inanimados; los zombies se volvían muñones de carne sin voluntad. Las formas fantasmales emitieron un grito sordo y desaparecieron como la bruma; llovían murciélagos del cielo. Algunos nigromantes intentaban reanimar a su horda: calleron bajo las espadas imperiales.

La batalla estaba ganada. La guarnición imperial ganaba terreno progresivamente. Francamente, en ese momento me importaba poco.

Me quedé completamente quieto, sin saber qué hacer, y fijé la vista en el suelo. Allí estaba el cuerpo de Edward y un poco mas lejos estaba su cabeza. Su cara tenía un rictus de alivio, como si al haber matado a la criatura su alma se hubiera librado de un gran peso. El rifle se había roto y estaba manchado con la sangre de su dueño; la antítesis de como lo había visto por última vez.

Me arrodillé a su lado; no porque quisiera: las fuerzas me fallaban por momentos y el peso de la pena se abatía sin piedad sobre mí. Casi me costaba respirar. Con abundantes lágrimas saliendo de mis ojos que me hacían ver borroso el mundo, intentando controlar el dolor intenso que atenazaba mi pecho y musité para mí mismo:

- ¿Por qué Edward? ¿Por qué te has ido? ¿Por qué?

Los no-muertos fueron expulsados al fín. A mi alrededor todo eran vítores. A decir verdad, si por mí fuera, esta maldita batalla podía irse al infierno. Era un héroe de guerra y había salvado la ciudad que defendía y amaba. Me daba igual. Hoy habia sido un día trágico: había perdido a la persona más querida en este mundo para mí y a la que nunca la podría volver a ver sonreír, volver a hablar, volver a contemplar como trabajabamos juntos en las rondas... Y, mientras estaba arrodillado llorando por la pérdida de mi mejor amigo, intentando calmar el pesar en el cual mi corazón se hundía lentamente, en mi mente seguía resonando con fuerza:

“... ¿Por qué? ... ¿Por qué? ...”